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viernes, 5 de febrero de 2016

A la redención por la escritura


 

Con Jodido Joyce (Millenniars, 2015), última novela de Chusa Garcés, en mente.
 
 
 
 
 
 
¿Y ya podemos estar seguros de que Joyce no es la exitosa creación de un grupo de intelectuales americanos, bajo la sombra protectora de alguna de sus prestigiosas universidades? Son demasiadas coincidencias.

Novelista de origen cadencioso, irlandés no tan irlandés, de lengua materna inglesa desde los arrabales del imperio, experimento por el experimento, superado ya el arte por el arte; microcosmos elevado por la magia de la mercadotecnia a mito e hito, incluso antes de que los gafapastas lo adoptaran como salvador.

Joyce ha puesto de acuerdo de una forma milagrosa tanto a los mercachifles de la arrogancia académica, como a los nuevos cultos, aunque ninguno se lo lea en realidad. Abundan los adláteres del gran desconocido, su gran obra bufa consiste en argumentar, con la debida prepotencia, retumbantes soflamas joyceanas, y sí, nadie percibirá la quimera, demasiadas páginas y demasiado tedio para terminar ese “tocho” del Ulises. Los que sí lo hemos leído, sabemos bastante mejor de lo que hablamos.

Y en Joyce está la meta, después de todo. En su (ya se ve, casi) incontestable magisterio. Es el modelo a seguir, la veta inacabable para el principiante, para el modesto “redactaletras”, para el consagrado monstruo. Para todos. Aunque no vayamos en peregrinación a Dublín. Y a todo esto, regresando a la obra de Chusa Garcés, ¿un manual para escritores? El auténtico manual viene sobradamente detallado en las páginas que desglosan las miserias y las poco rotundas grandezas de los protagonistas de Jodido Joyce. Los personajes para nuestra autora son líneas discontinuas, atisbos de la belleza que queremos intuir, la que nos muestra cada cual en su existencia, una materia inestimable para narrar.

Garcés nos va asomando a ese mundo literario personal, el mismo que ha ido elaborando y reelaborando desde que publicó Las pérdidas rojas (Pregunta, 2012), pasando por esa vuelta de tuerca que suponía Amor, blanco roto (Pregunta, 2013), hasta esta nueva entrega de su personal circo de equilibrios y muerte, de malabares y entereza, de sosiego y fracaso. El crecimiento estilístico de su prosa es indudable. Porque nos sigue lanzando ráfagas, en el pasado de ametralladora, ahora de viento. Un vendaval a menudo desolador y helado, si bien en otras muchas ocasiones, la tormenta resulte ser germen de lo que en todos los seres vivos permanece de esperanza y coherencia.

Regresamos así, a la seguridad de esos límites que con nombres ya conocidos (de entregas anteriores), o por conocer, van trazando las líneas maestras de ese edificio que por fortuna nuestra escritora se ha empeñado en levantar. Lo recurrente se convierte en esencial, y los giros entonces se tornan el cauce para ese fluir de la prosa en una novela que vuelve a estar compuesta por una sucesión de relatos y microrrelatos. Tenemos fácilmente la impresión de que se sobrevuelan los géneros con la intención de borrarlos y emborronarlos: docudrama, reportaje literario, lírica sin versos; en un vaivén, que nos va acunando hasta el desenlace, que no es tal.

Y a la pregunta del principio, a la de más adelante, contestar que por supuesto la técnica se puede aprender, que es de rigor contar con buenos maestros, que el Joyce del canon es una ficción tan acertada como las del irlandés, o no. En la labor de la escritura, una mota es un obstáculo insalvable, y la querencia todo el empuje necesario para abordar mil retos. En este batallar exiliado del texto que está por crear, cualquier migaja de sabiduría se aprovecha sin dudar y por demasía.

Y siempre nos quedará la redención por la lectura.

 

 

 

 

 

domingo, 26 de julio de 2015

Brioleta


Un encuentro de escritoras aragonesas, con el nombre en aragonés de la flor y el color: violeta. Y todavía se hacen necesarias aventuras violetas.

Mientras Visor y otros muchos sexistas, incluidos los que no levantan cabeza para no salirse de la foto oficial, consideren mal o desconsideren a las autoras que por cosas del azar biológico nacieron con el sexo femenino, o para el caso, los y las que las nacieron trans, harán falta encuentros violetas. Mientras los libros de texto desplacen a las escritoras por el hecho de tener nombre de mujer. Mientras los concursos, los reconocimientos, las plazas en las Academias, los premios, los sigan acaparando hombres. Mientras.

Y no debería haber nada que discutir en cualquier caso, pues nadie les discute a los cardiólogos si  tienen, o no tienen, si tiene sentido o no tiene ninguno, que celebren un encuentro anual, patrocinado además por alguna poderosa farmacéutica. Pues eso.

Ocho años de encuentros “brioleta” en ese verdaderamente idílico rincón del Pirineo, Yésero. Narradoras, poetas, ensayistas, artistas. Compartiendo voces, experiencias, inquietudes, en el marco de un acontecimiento multidisciplinar, con teatro en la mochila, con exposiciones fotográficas, plásticas; y talleres de animación a la lectura, y la posibilidad de comprar libros, y de disfrutar de la gastronomía, y perderse en ese paisaje maravilloso para reconocer horizontes más amplios y más auténticos.
 
 
 
 

Para alegrarse de la (asombrosa, no lo duden, en esta comunidad autónoma, lo efímero parece formar parte de todo lo que huela a cultura, es cosa de que a los políticos se les elija para cuatro años, lo que va más allá les suena a predicción milenarista, no les interesa en absoluto), para felicitarse por la, decía, longevidad de este encuentro, para celebrarla, se edita un volumen de relatos con el mismo título que el encuentro (Pregunta Ediciones, 2015), con historias creadas por ocho de las escritoras que han participado en él a lo largo de su ya intensa historia.

En aragonés están los chispeantes y brevísimos relatos de Elena Gusano, también la historia de amores trágicos y accidentados, cuya autora es María Pilar Benítez. Tenemos unos originales viejos comiendo sopas envenenadas, inspirados por un famoso grabado de Goya, y creados por Lourdes Aso. Chusa Garcés no se conforma con contarnos las desventuras de un escritor enamorado, lo sitúa en el escenario de las aspiraciones, las decepciones y los miedos de una generación de literatos.

Por su parte, Blanca Langa hace una divertida (y también socarrona, y dolorosa) inmersión en el género negro, con una valiente mujer que se la juega sin dudar. Angélica Morales plantea los momentos posteriores a la muerte de un ser querido, con la acumulación de sentimientos y recuerdos, añadidos inevitablemente a la cotidianeidad más convencional y desgarradora. Marta Navarro muestra el giro que puede recomponer una trama cuando lo que parecía un castigo, se convierte en un premio. Finalmente, Almudena Vidorreta nos hace llegar su personal crónica, la de una escritora aragonesa en Nueva York, a partir de todo lo que puede coleccionarse, y principalmente de visiones de la gran urbe y de sus habitantes.

Mujeres que hablan por la boca de hombres, y de mujeres. Hombres de ficción que rescatan a mujeres que ya no están. Poetas que también escriben relatos. Narradoras que se desnudan en las palabras que nos guían por el mundo que han creado. Memoria de tiempos que se han ido, o que se han quedado, porque siguen generando emociones. Escritoras que se aferran heroicamente a la lengua que escucharon hablar desde que eran niñas. Sueños interpretados e interpretables, reconocimientos, identidades truncadas. Todo en este coqueto, en este delicioso volumen de relatos. No se lo pierdan.