lunes, 5 de octubre de 2015

Enemigos que llevamos dentro


Algún tiempo después de enfrentarme a mi primera lectura de un texto de Sergio del Molino, más en concreto su novela No habrá más enemigo (Tropo, 2012), me decido a apuntar algunas ideas sobre locura, sueños, personalidad y desventuras varias. Siempre se agradece descubrir una obra bien escrita, lo que no ocurre tan a menudo como querríamos.





¿Y en qué me baso para hacer una afirmación tajante como ésta? Argumentaría que la selección de las palabras que componen un discurso, que la trabazón de lo construido sea sutil y efectiva, que la trama responda a las expectativas como lector, que… en el fondo, es algo subjetivo, pero real, que apenas otra cosa que la experiencia de otras muchas novelas en la lista de muescas permite pontificar de esta manera.

“Supongo que, para entonces, nos estábamos acercando a la perfección que perseguíamos. Por fin había entendido mi personaje y podía darle carne, volumen y verdad.”

El personaje entendiendo su personaje, el escritor consciente de su rol, la literatura dentro de la literatura, lo metaliterario convertido en médula espinal de una narración madura, plena. Es entonces cuando el bochorno caprichoso de unos escenarios elegidos por ser fetiches, las prefiguraciones fáciles, conforme a la negación de lo propio y desde la incapacidad de ser uno mismo porque ser otro tiene más glamour, es más chic, es más; es entonces, digo, cuando el complejo se sublima, y adquiere todo su sentido, pasando de ser lastre a valor radical para un  todo.

“Lloré. Con las manos apoyadas en el lavabo, lloré. Lloré por no haber averiguado qué tenía yo de especial para andar jugando a aquel juego cuyas normas tan pronto comprendía como se me escapaban, porque estaban hechas de la misma inconsistencia narrativa que los sueños y porque, para no ser uno, se parecían demasiado a ellos. Porque si aquello no era real, prefería no guardar ni un deje de conciencia de mi locura. Si mi cerebro se lo inventaba todo mientras el cuerpo babeaba inerte en una cama de hospital, prefería sumergirme del todo en la novela de mi mente y no dejar abierto ni un solo resquicio por el que se colara el mundo en el que Nadejda se sentaba a hablar conmigo al borde de la cama, y en el que tú la consolabas con abrazos y frases hechas, y mi padre quizá esperara silencioso en el pasillo, sin atreverse a entrar. Lloré por no ser capaz de creerme del todo mi personaje, por confundir los momentos de vida real con fantasías, por que Lola no me perdiera del todo, por que no me retuviera, por que me devolviera a Zaragoza después de cada paliza. Lloré por no poder elegir Nueva York en vez del amor.”

Admito ser de quienes citan para señalar aquellos fragmentos de los que querrían haber sido autores, en una declaración de admiración sin tapujos. Vida ficción, imaginación cotidiana, fluir monótono de lo imposible, verosimilitud extravagante y genial. Azoteas de película, partidas de póker para dirimir el destino de cada aquel, moratorias con significado oculto, proezas que nos dirigen a ninguna parte y a ninguna parte queremos ir más allá de lo que hemos sentido. Elegir Nueva York cuando sopla el cierzo en Zaragoza. Nadejda y Lola, juego y día a día.

“-¿No le da gusto que le tomen por un saloio? Nadie espera nada de un saloio. Por otro lado, su autoestima puede resultar dañada. Todo el mundo necesita el reconocimiento de los demás, sentirse valorado. Es un mecanismo psicológico muy simple. Qué le voy a contar sobre el ego, mi querido Lenín. Pero si es capaz de inhibirse, si puede dejar de lado todas sus ansias por destacar y por recabar el amor de la gente, ser tomado por un ignorante o por un incapaz es muy instructivo. A las personas inteligentes se las suele identificar como una amenaza, en cambio de los tontos nadie se ocupa. Mirar y dejar que las cosas sucedan es muy satisfactorio en muchos sentidos. Para empezar, uno no es responsable del éxito o el fracaso de nada. Pero también puede aprender de los errores ajenos. O de sus aciertos. Eso sí, el saloio debe abstenerse de opinar. Su juicio ni se espera ni se aprecia. Dejarse llevar es agradable si el ego no sufre y si la lengua puede quedarse quieta dentro de la boca. No creo que usted disponga de ninguna de las dos cualidades. Si me permite decírselo, usted no es un buen saloio. O es un saloio de la peor especie: un descastado, un traidor a su clase, un renegado.”

El defecto transformado en virtud. El virtuoso en este mundo literario de egos. El ingenioso, polemista, en la estela más destacada de un Oscar Wilde en su apogeo, pero descarnado, sin piedad, rubricando un retrato genuino por lo onírico de una sociedad que hasta en su hermosura apesta. El gafapasta, el listo de la clase, el obsesivo, el auténtico. Mirar a la estupidez de frente, sin pelos en la lengua, agarrarla de sus orejas desmedidas, propinarle la paliza de su vida, sin tocar y sin mancharse. Me quedo con el rebelde airado autor de esta novela. Me convence.

Habrá una segunda lectura. El reto de los enemigos interiores me llama como el reclamo insoportablemente luminoso para cualquiera que se reconozca en un espejo borroso.




 

lunes, 24 de agosto de 2015

In memoriam: Ángel Aransay

 
 
 
 

¿En qué consiste la lotería de la gran edición?


A raíz de mi lectura veraniega, del exitoso (al menos en Argentina, patria chica de la autora) Y ellos se fueron, de Viviana Rivero, se me planteaba la pregunta que encabeza esta entrada. Es de enjundia.
 
 
 
 

Las grandes editoriales, nacionales e internacionales, son el objetivo confeso de algunos escritores, que no cejan hasta que, si son lo suficientemente afortunados, consiguen su propósito de ser publicados por una de ellas. Sabido es que rechazaron y rechazan a autores que a menudo acaban destacando en editoriales más modestas, conocido es que desprecian y ningunean a grandísimos escritores. Todos hemos leído bazofia publicada por ellas.

Todos podemos equivocarnos. Sus rastreadores, sus editores, también. O no del todo, o parcialmente sí. Si el libro se vende, dan en el clavo, lo de menos es la calidad del producto. Pero, ¿quién valora esa calidad? Hablamos de algo relativo, subjetivo, tremendamente valorable, incierto.

¿Hablamos de calidad literaria, o humana, o quizá incluso de habilidad para atraer y entretener a los lectores? Depende, como siempre ha dependido. Cervantes creía haber escrito una obra menor, una diversión sin mucha sustancia. Había producido la obra maestra de la literatura en castellano. No daré nombres, son muchos los que en la cresta de la ola están convencidos de haber pasado a la historia, y más tarde nadie se acuerda de ellos, o si lo hace es con una sonrisilla burlona en la boca.

El volumen de libros publicados a lo largo de un año es tan inabarcable, que cualquier manifestación talibán en cualquier dirección, positiva o negativa, a favor o en contra, se queda diluida en la cabezona realidad de una masa, de una verdadera maraña de ofertas lectoras, y como he dejado demostrado al elegir el título de este blog, ese vértigo no sólo me parece seductor, también una riqueza en sí mismo.

La novela-culebrón de Viviana Rivero mantiene el interés de un lector sin exigencias. La historia no está mal contada. Los vericuetos de las existencias de una saga de personajes entretienen. En una trama parcialmente ambientada en la España de la guerra civil, se echa de menos una documentación seria sobre lo que supone un conflicto bélico en las vidas de quienes lo sufren en su país, y en concreto si se trata de hombres jóvenes. Por lo demás, grandes amores y grandes desamores jamás defraudan. Nunca cansan el enésimo conflicto, la siempre penúltima confesión, el descubrimiento de un secreto, la pasión desbordada. Nadie se quejará mientras oye el chapoteo como música de fondo de una lectura ligera, y sobre todo agradecida.

En la lotería se ha de jugar, y en el juego está la auténtica ganancia.

 

 

 

martes, 28 de julio de 2015

Pequeñas joyas de la pequeña edición


La ciudad desnuda (Cordelería ilustrada, 2013/revisión en 2015 por el Ateneo Jaqués), de Marcos Callau, fue editada por esos héroes (de nombre Víctor Manuel Guíu, David Gímenez Alonso y Sergio Grao), sí, héroes de la edición minúscula y mayúscula, que fácilmente pasará desapercibida, por varias razones: porque se hace desde la “remota” provincia de Teruel, más en concreto desde Híjar; en segundo lugar, por no tener el “caché” de una gran editorial, por no estar en las grandes tiendas, ni contar con los más grandes autores, por apostar fuerte por la poesía.
 
 
 

El poeta, también turolense, vaya, ¡quién lo iba a decir, la especie en extinción cunde mucho más de lo que se podía esperar!, ¡Teruel existe! (y por mucho tiempo, por favor), el poeta turolense decía, Mario Ropero Hinojosa, ha calificado a esta valiente iniciativa cultural de “editorial low cost”, con toda la intención reivindicativa, seguro. Y desde aquí muestro mi admiración por todas las “low cost”, las de la cultura sin medios económicos y con toda la creatividad del mundo, las de la expresión libre a precio simbólico, definitivamente todas las que ha habido y habrá, para ensanchar los horizontes sin llegar más lejos que el espacio que llena la propia dignidad.

 


 


 

La ciudad desnuda de Marcos Callau es la que se desviste en las alcantarillas, también la que se asoma desde el cubo de basura, o se oculta en el enigmático guiño de unos semáforos, por supuesto deslumbra con los efectos de la luz que proporcionan las farolas, e incluso puede ser lo que busca un zahorí entre el paisaje urbano borroso, a cubierto de los aspersores más madrugadores. Cualquier rincón de una metrópoli es altamente probable que resulte un páramo desolado, y que así mismo luzca en su rostro dolorido las ojeras profundas de un amanecer repleto y desbordado por lo cotidiano.
 
 

La ciudad de nuestro poeta es el horizonte que define una buena canción, el jazz en la emoción de transportarse a todos los momentos vividos con el asfalto como santo y seña. Es pasar la noche en el duermevela artístico de los bohemios, recibir el día en la calle, contemplar con hastío e incertidumbre nuestro reflejo absurdamente abstemio en los cristales, en las lunas, de los escaparates. Vamos saltando con los textos de este poemario, vamos jugando a estar vivos, vamos recobrando el sentido de las palabras que nunca lo perderán.

Cuelguen de su pinza este excelente ejemplar de literatura de cordel, que nos ofrecen Marcos Callau y la Cordelería ilustrada, y más adelante, otro, y otro, y otro.











domingo, 26 de julio de 2015

Brioleta


Un encuentro de escritoras aragonesas, con el nombre en aragonés de la flor y el color: violeta. Y todavía se hacen necesarias aventuras violetas.

Mientras Visor y otros muchos sexistas, incluidos los que no levantan cabeza para no salirse de la foto oficial, consideren mal o desconsideren a las autoras que por cosas del azar biológico nacieron con el sexo femenino, o para el caso, los y las que las nacieron trans, harán falta encuentros violetas. Mientras los libros de texto desplacen a las escritoras por el hecho de tener nombre de mujer. Mientras los concursos, los reconocimientos, las plazas en las Academias, los premios, los sigan acaparando hombres. Mientras.

Y no debería haber nada que discutir en cualquier caso, pues nadie les discute a los cardiólogos si  tienen, o no tienen, si tiene sentido o no tiene ninguno, que celebren un encuentro anual, patrocinado además por alguna poderosa farmacéutica. Pues eso.

Ocho años de encuentros “brioleta” en ese verdaderamente idílico rincón del Pirineo, Yésero. Narradoras, poetas, ensayistas, artistas. Compartiendo voces, experiencias, inquietudes, en el marco de un acontecimiento multidisciplinar, con teatro en la mochila, con exposiciones fotográficas, plásticas; y talleres de animación a la lectura, y la posibilidad de comprar libros, y de disfrutar de la gastronomía, y perderse en ese paisaje maravilloso para reconocer horizontes más amplios y más auténticos.
 
 
 
 

Para alegrarse de la (asombrosa, no lo duden, en esta comunidad autónoma, lo efímero parece formar parte de todo lo que huela a cultura, es cosa de que a los políticos se les elija para cuatro años, lo que va más allá les suena a predicción milenarista, no les interesa en absoluto), para felicitarse por la, decía, longevidad de este encuentro, para celebrarla, se edita un volumen de relatos con el mismo título que el encuentro (Pregunta Ediciones, 2015), con historias creadas por ocho de las escritoras que han participado en él a lo largo de su ya intensa historia.

En aragonés están los chispeantes y brevísimos relatos de Elena Gusano, también la historia de amores trágicos y accidentados, cuya autora es María Pilar Benítez. Tenemos unos originales viejos comiendo sopas envenenadas, inspirados por un famoso grabado de Goya, y creados por Lourdes Aso. Chusa Garcés no se conforma con contarnos las desventuras de un escritor enamorado, lo sitúa en el escenario de las aspiraciones, las decepciones y los miedos de una generación de literatos.

Por su parte, Blanca Langa hace una divertida (y también socarrona, y dolorosa) inmersión en el género negro, con una valiente mujer que se la juega sin dudar. Angélica Morales plantea los momentos posteriores a la muerte de un ser querido, con la acumulación de sentimientos y recuerdos, añadidos inevitablemente a la cotidianeidad más convencional y desgarradora. Marta Navarro muestra el giro que puede recomponer una trama cuando lo que parecía un castigo, se convierte en un premio. Finalmente, Almudena Vidorreta nos hace llegar su personal crónica, la de una escritora aragonesa en Nueva York, a partir de todo lo que puede coleccionarse, y principalmente de visiones de la gran urbe y de sus habitantes.

Mujeres que hablan por la boca de hombres, y de mujeres. Hombres de ficción que rescatan a mujeres que ya no están. Poetas que también escriben relatos. Narradoras que se desnudan en las palabras que nos guían por el mundo que han creado. Memoria de tiempos que se han ido, o que se han quedado, porque siguen generando emociones. Escritoras que se aferran heroicamente a la lengua que escucharon hablar desde que eran niñas. Sueños interpretados e interpretables, reconocimientos, identidades truncadas. Todo en este coqueto, en este delicioso volumen de relatos. No se lo pierdan.




miércoles, 22 de julio de 2015

Cuando aparecen sin que nadie les haya invitado. Cuando el tiempo pasa, y se hace sentir amargo. Cuando echamos la vista atrás, y ya no se nos hace impúdico mostrarnos a nosotros mismos...


Al hacer un repaso de lo que en la madurez se ha ido dejando atrás, cualquiera podría argumentar que los achaques, las decepciones, los traumas, y tantas otras cosas, deberían haberse quedado en el lugar del que venían. Es el tipo de ajuste de cuentas con la vida ejecutado por Vicente Molina Foix y Luis Cremades, en su ¿dietario?, ¿novela cuasi-epistolar?, ¿actualísimo “valetodo”?, El invitado amargo (Anagrama, 2014).
 
 
 
 

Maticemos. Dos escritores, el uno muy famoso, el otro prácticamente desconocido (poeta, y poeta apenas prolífico, sin escapadas genéricas, lo dejo ahí), deciden escribir a cuatro manos sobre lo que supuso su relación amorosa. Y de paso, enfrentarse a una época, a una generación literaria, a lo desmitificador de unas confesiones públicas, al dolor de la ausencia, a los errores.

No soy lector de biografías. Ni de memorias, por no llamarlas desmemorias, o desvergüenzas, o despropósitos. La arboleda perdida de Alberti, y poco más, quienes me siguen recordarán que hace no mucho descubrí la existencia de la pintora barbastrense Julieta Always, o que me asomé al mundo del pintor Eduardo Laborda. No tengo mucho de cotilla. La vida privada de mis ídolos literarios no me atrae gran cosa. Acabas enterándote de ciertos asuntillos de todos modos, por otras vías, en entrevistas, en perfiles, en reseñas. Incluso ciertas correrías de discutible enjundia acaban negro sobre blanco en los manuales de Historia de la Literatura. Somos humanos.

¿Por qué será que me parece impúdico que alguien me desnude su intimidad? No me importa nunca cuando lo hace el personaje, cuando se convierte en ficción. Me resulta no ya aceptable, sino incluso lógico. Pero entonces es otra cosa. Aquí no. No esperen morbo. No se trata de impudicia lúbrica. Es más ese tipo de desinhibición del alma, elegante, muy bien escrita, atractiva, cercana a lo espiritual. Pero exhibición pública, después de todo.

Qué doloroso el remate de la historia que nos ocupa. Imagino que sin duda, por el momento vital que atravieso, me impacta asistir a lo que no me puede resultar ajeno, a la llegada que no siempre puede ser digna, a ese arribar a la madurez, y más tarde a la vejez. Encontrarse con que la decadencia física ya no es para observarla y diseccionarla, sino para experimentarla en uno mismo. Mueren los padres y los maestros, se derrumban las paredes gruesas que al final no eran lo único que nos sostenía. Pasamos de ser protagonistas con los que compartían nuestra edad de los usos y de los abusos, para convertirnos en pacientes achacosos de los efectos malditamente secundarios de lo que hicimos sin lanzar un segundo pensamiento en su momento.

¿Les he dicho ya lo bien escrita que está “la trama”? ¿Y el repaso concienzudo que se hace de todo el que fue y ha sido, aunque como es lógico, no pueda ser de todos los que fueron y han sido? Cualquier mitómano de lo literario, ni remotamente como requisito aproximarse a lo filológico, a lo académico, gozará con este argumentario de veleidades creativas, con los pequeños y grandes chismes (muchos de ellos bien conocidos previamente, pero que suenan a nuevos tan magníficamente relatados) sobre el quién es quién del mundillo de escritores españoles e incluso latinoamericanos de las últimas décadas.

El material es excelente. No dejen escapar su ejemplar.





 

martes, 30 de junio de 2015

Para buena reputación,… la de Ignacio Martínez de Pisón como narrador


Al terminar la lectura de “La buena reputación” (Seix Barral, 2014), me ocurre lo que no me había ocurrido tras la lectura de hasta cuatro novelas de mi admirado autor, que no me convence el final. No haré el “spoiler” del que hablaban mis alumnos en el club de lectura, no quiero privarles de descubrir por su cuenta los elementos narrativos para que concluyan por su cuenta lo que les parece el desenlace. A mí me ha resultado forzado, de alguna manera no fluye, como lo hacen las novelas de Martínez de Pisón. Intuyo que la intención era terminar con un tono lírico que fuera difuminando las líneas maestras de una narración-saga, para que confluyeran los motivos fundamentales, como un punto final que no es tal.
 
 
 
 

Me acerqué a la obra con la seguridad de que conocer el devenir de una familia judía me interesaría. En su momento leí “La herencia de Abraham Godina”, de Ivonne Gallán, una estimable novela histórica que retrata la vida de los judíos zaragozanos en los momentos previos a la ya cercana expulsión. Me ha interesado así mismo, algún ensayo sobre ese pueblo que compartió nuestro paisaje, que participó en la creación de nuestra identidad y que tan injustamente fue convertido en un miembro cercenado de este organismo que llamamos España. El devenir de la familia me cautivó. Objetivo cumplido. Lo de familia judía es otra cosa.

El hebraísmo en realidad está presente a lo largo de toda la novela. Una vez más, nuestro pasado africano, ese tabú contemporáneo que paso a paso va saliendo a la luz, ese protectorado del norte de Marruecos, ese Tetuán, y por extensión, ese reducto colonial: Melilla. La demostración novelada de la muy reciente creación de esta última como ciudad. Yo aventuraba una presencia más constante y estable de la minoría judía. Gracias a nuestro autor, averiguamos que los judíos de hoy testimonian un pasado cercano tumultuoso, complejo, con etapas sorprendentemente diversas.

Pero judíos, judíos, el pater familias que primero reniega de su ascendencia para ascender (valga la redundancia) socialmente, para posteriormente hundirse en un pseudofanatismo judaico más melancólico que otra cosa, y sobre todo sus dos hermanas. Con ellas nos asomamos a la rica herencia sefardí, a su sonora lengua de anclaje en épocas más dichosas, a sus costumbres arraigadas, a sus objetos amados, a su cultura milenaria. Los demás, llevan nombres hebreos, coquetean con su origen, lo ignoran, lo ocultan, lo admiran, lo mitifican. Poco más.

¡Qué habilidad narrativa la de Martínez de Pisón! Con su novela recorremos puntos geográficos de lo más disperso. Sus protagonistas viven y sufren los acontecimientos capitales de su país, o también de la localidad en la que residen. Sobreviven al incendio del hotel Corona de Aragón. Colaboran a la estampida de judíos de regreso al solar de los antepasados. Sufren el efecto de las guerras, de la posguerra.

Los personajes deambulan por ese tapiz de una España franquista, modelada por la dictadura, de señoritos y muertos de hambre, de militares y sotanas, una España gris y polvorienta, cateta y soñadora, la costa de los futuros vicios desarrollistas y corruptos, la profunda de las ciudades de interior, gloriosamente provincianas, sin olvidar a esos españoles de pro que empezaban a sentirse incómodos siendo minoría en tierras africanas bajo bandera española.

Y más allá de lo relevante, la cotidianeidad. Los hechos que nos marcan a todos los seres humanos, en el día a día. Las pequeñas miserias, el choque inevitable de caracteres, el trabajo que en nada nos destaca de otros tantos, la materia corriente de nuestras existencias, los motivos poco aleccionadores, la sencillez de cada hora que seguimos estando vivos. Esa es la magia de esta novela, todavía más que en anteriores de Martínez de Pisón, aunque algo ya masticable se encontraba en su anterior obra, “El día de mañana”. Por mucho que en ella, lo convencional se demostrara excepcional, en la muy personal manera de enfrentarse a las cosas de un protagonista charnego en Barcelona, una ciudad de pocos prodigios y mucha supervivencia, la de las famosas inundaciones, la de la llegada diaria de inmigrantes con una maleta de cartón llena de expectativas.






Zaragoza ya había sido escenario principal en “Dientes de leche”, la primera grandísima novela que he leído de Martínez de Pisón. Emocionaba la prodigiosa forma de entrecruzar Historia e historia. La pequeña historia del extranjero que se transforma en hijo adoptivo de la ciudad que le acoge, en marido de una valiente mujer, en padre de unos muchachos muy diferentes. La gran historia de unos soldados italianos que fueron embarcados en una guerra entre hermanos por un dictador enloquecido y megalómano, y de cuando muchos de ellos murieron sin haber vivido apenas en ese territorio desconocido y lejano. Y de ese choque de minúscula con mayúscula proviene la grandeza de este autor, porque entonces nos cuenta, y nos lo creemos de principio a fin, que ese buen signore representa hasta su defunción el papel de administrador honorífico del monumento a sus caídos compañeros.






Y antes llegó “Carreteras secundarias”, una narración que mucho debe de tener de cinematográfica para que haya sido llevada en dos ocasiones al celuloide. En el recuerdo, la road novel, el bildungsroman, todo lo que un adolescente merece y no consigue, lo que se le permite y lo que se le escapa. Un chico que aprende a vivir a empujones en un país que recorre sin criterios porque a su lado su padre quiere desaprender a vivir, y no puede.
 
 
 
Lectura obligatoria de instituto (“Dientes de leche” también), lo que supongo que algo debe de decir, pero que a fin de cuentas implica la temprana admiración que nuestro autor zaragozano hace mucho tiempo afincado en Barcelona, despertó enseguida entre los que tenemos o han tenido como profesión enseñar literatura. ¿Se puede enseñar semejante cosa? Se puede compartir la pasión por la lectura, leyendo. Se puede dar pistas del recorrido histórico de nuestros autores y sus obras. Se puede simplemente, disfrutar con la lectura de este narrador, sobradamente canónico ya, y lo que es más importante, lucidísimo contador de magníficas historias.

 

La reputación, hay que ganársela.

 




jueves, 25 de junio de 2015

Yo me edito, tú te editas, ella se edita…


 

Leía no hace mucho, en el estado en Facebook de un conocido escritor, lo que constituía una más de sus muchas invectivas, en este caso dedicada a los libros publicados en la modalidad de autoedición. Nuestro autor no ahorraba palabras bruscas para convencernos del agravio a la humanidad que esta práctica supone. Merece algunas reflexiones, sin duda.

No creo que con esta nefanda actividad se gaste más papel que el que las numerosas administraciones públicas de este país desperdician todos los días. El crimen ambiental es mayor en el caso de otros muchos delincuentes arrasa-bosques.

No todos los grandes autores, los del canon, los indiscutibles, lograron el éxito inmediato. Varios de los nombres más sonoros murieron en la miseria, y en el más profundo desconocimiento por parte de sus contemporáneos. Seguramente la autoedición de cualquiera de sus obras no habría, siquiera un poco, paliado esta situación, pero tampoco la habría agravado.

Los que se “autoeditan” no suelen tener repercusión alguna con sus libros. Hasta ahí queda limitado el daño, su tropelía. Si les leen unos cuantos amigos, unos pocos conocidos, y de reojo, hasta el editor, y con esta hazaña se sienten satisfechos, ¿a quién demonios hacen mal, señor escritor famoso y retorcido? No se muerda la ponzoñosa lengua, sería fatal.
 
 
 

Aprecio cuando mis alumnos tienen la autoestima alta. A mí mismo me habría gustado tener más confianza en este ser humano que soy yo, cuando tenía su edad. Creer en que el éxito llegará, y tener la seguridad de haber escrito algo imprescindible que más tarde o más temprano te publicarán, es muy loable. Ojalá le ocurriera a todos los que escriben. No es así, y no veo necesario que los editores a los que hacen llegar sus manuscritos les escriban largas cartas, misivas crueles en las que se enumeren los despropósitos cometidos en esos engendros que debieran permanecer inéditos para bienestar general, liberados todos de lo que maquinan esos escritorcillos desechables.

Al final, supongo que es verdad que a cada literato lo coloca la Historia en su sitio, aunque la lista de mediocres con un espacio en los libros de texto es demasiado larga. Genios, oiga, pocos. Los demás, escribidores con cierto talento, con obras discutibles, con alguna de considerable interés. Triunfar en un momento dado, halaga a quien lo hace, pero no le asegura un puesto en el Parnaso. Es todo mucho más relativo que los alegatos incendiarios (y repletos de mala baba) del buen señor al que me he estado refiriendo desde el principio. Quien lo sabe, lo reconoce.

Llévenle la contraria a gusto, ¡a editarse, a gozar, a hacer lo que pide el cuerpo! Que de estrecheces mentales, fanatismos varios, grisuras calvinistas, ya está demasiado lleno el mundo.

 

 

 

jueves, 4 de junio de 2015

El libro de las abuelas


¿Cómo es tu abuela? Y la tuya, ¿cómo era?

La mía era una mezcla de abuela cocinillas, costurera, guardasecretos, moderna a su manera, y más que tacaña, excelente administradora.

La diseñadora gráfica, ilustradora, artista para todo e incluso letrista de canciones, la sevillana Raquel Díaz Reguera, nos emociona con su libro “Abuelas de la A a la Z”, un compendio libérrimo, entusiasta y bellísimamente ilustrado por quien además aporta los textos, de un lirismo arrebatado, en un homenaje rotundo a todas las abuelas que han sido.
 
 
 
 

Mi abuela no tenía nada de bruja, aunque tenía un carácter poderoso y una personalidad firme como sus manos de luchadora. Mi abuela ni era preocupona ni tiquismiquis, eso sí, una perfeccionista al cien por cien, empeñada en conseguir sus objetivos: ocuparse de su hija y de sus nietos hasta el final de sus fuerzas, como así hizo –cuando tocó cuidarla, ni eso dejó que apenas hiciéramos, se marchó discreta, rauda, para no molestar, para que no nos dolieran más de la cuenta sus quejas-.

Háganse con este volumen, mis alumnos de 1º de ESO ya lo han disfrutado. Se han rendido a  sus deliciosas ilustraciones, a la disposición en besos, recuerdos, frases y dichos, mascotas, habitaciones ad hoc,  esencias y bolsillos. Todo lo que son las abuelas, para dejar después abiertas las ventanas a nuestra imaginación, porque cada una de nuestras vivencias a su lado se convierte en páginas de un diario fantástico, ensoñador, mágico.
 
 
 
 
 

Las abuelas de las ilustraciones rezuman sensibilidad, escapan de cualquier categorización, no son ni infantiles, ni juveniles, ni ñoñas, ni frías, ni únicamente cálidas, ni tampoco merecedoras de otro premio que la cara ronroneante del nieto al que curan “la pupa”.

Agradecer a Raquel Díaz, otra más de las numerosas estrellas de nuestro potente firmamento de la ilustración, haber escuchado nuestra petición silenciosa de ocuparse de esas figuras imprescindibles en la vida de tantos humanos. Si no hubiera publicado esta joya, le quedaría pendiente para siempre, y nosotros estaríamos un poco más huérfanos de amor de abuela. En serio, no se la pierdan.

 

 

miércoles, 3 de junio de 2015

No sólo de Literatura vive el hombre…


Últimamente, este pésimo lector de poesía no deja de acumular poemarios en el listado de “ya leídos”. ¿Milagroso? Simplemente, que metido a mi manera, tímida pero contundente, en el mundo de la publicación, me he encontrado con otros poetas y en el intercambio está la riqueza. Estoy convencido de que va a ser muy positivo el efecto en mi proceso escritor.

No he dejado nunca de leer narrativa. Me encanta que me cuenten una buena historia. Y ahora, además, están de moda los relatos cortos, o los “micro”, y como era de esperar, yo también he caído en su trampa de sirenas, hasta el fondo. Lo que no quiere decir que sean los únicos libros que merezca la pena leer. Suelo leer pocos ensayos. Algunos me atraen más que otros.
 
 
 
 

Me resultaría difícil catalogar “Atalaya. El Alto Aragón desde la atalaya”, un bellísimo recopilatorio de imágenes, muchas de ellas aéreas, de paisajes selectos de esa parte espectacular de la geografía aragonesa. Organizado el volumen a partir de los cuatro elementos, se amontonan en la retina hermosas fotografías acompañadas por textos habitualmente muy cortos, con cierto toque lírico, aparte de algunas citas alusivas. Es maravilloso constatar la incontestable belleza de nuestra tierra. La montaña, el llano, la roca y el agua, los contrastes, lo monumental, la presencia humana, la geología imponente, la emoción.






De la visión local a la universal. “Paseos inolvidables” resultó ser uno de esos libros de bastante convencional acercamiento a rutas recomendables por los lugares más fascinantes del mundo. Como ninguna aproximación es del todo inocente, sus autores anglosajones muestran evidentes inclinaciones (e incluso prejuicios) anglosajones.

El aparente equilibrio entre continentes y culturas, no se cumple cuando una cuarta parte de los itinerarios son por Europa y una tercera parte por lugares de habla inglesa. Nadie es perfecto. Los destinos, más que correctamente fotografiados, no serán todos los que son, pero son todos los que están.

A partir de un beso furtivo, es cuestión de buscar, uno por su cuenta,  más concreta información para abordar en un futuro una verdadera relación con esos parajes que se nos muestran desde una discreta ventana. Suena a una agradable labor que queda por emprender. Cuando vaya visitándolos, sabré si acertaron o no los autores al incluirlos en su “hit parade”.
 
 
 
 

¿Dónde colocar la guía oficial de uno de los más importantes museos que uno pueda visitar? En nuestra última visita a Madrid, caímos en que todavía no habíamos regresado al Prado desde que Moneo firmó su ampliación. Era una buena excusa para volver. Y una guía bien se puede considerar un apropiado “souvenir” para un “viaje” admirado y consciente a nuestra venerable pinacoteca.

Una manera de retener en papel lo que se logró ver, revisitar, o lo mucho que se nos escapó, que perdimos de vista. Con indicaciones al margen, entre sesudas y didácticas, que ayudan a contextualizar las obras recogidas, a comprenderlas y apreciarlas. Para sentirse orgulloso y algo desbordado, pues la nómina de genios es larga, y la de obras maestras muy considerable.

Se unirá en la estantería a otras guías, como la de la National Gallery, mi favorita. Que quede claro,  los anglosajones son maestros en muchos campos, y en el de la museografía no cabe duda de que lo son. Sus museos acogen a los visitantes de todas las maneras posibles, y hacen de la experiencia un goce absoluto.

No, no se puede vivir sólo de Literatura, o quizá es que la literatura es viajes, arte, vida a fin de cuentas.