jueves, 21 de abril de 2016

Esas paredes vivas, con ojos, y orejas…


Me ha sorprendido Sara Morante. Ya me fascinaron sus ilustraciones para Casa de muñecas (Páginas de espuma, 2012), el volumen de microrrelatos de Patricia Esteban. Eran ilustraciones dignas del ambiente opresivo y sugerente de las historias de la escritora aragonesa. Eran directas y sutiles, redondas y cortantes, magníficas. Ahora presenta La vida de las paredes (Lumen, 2015), un libro inclasificable.



Primero, se reconocen las ilustraciones. En esta ocasión a todo color, pero las hay también con juego de sombras, prácticamente chinesco. Son colores atemporales, abigarrados, como sostenidos en el tiempo, asomados a la vida de unos personajes desgarrados. Y por ahí anda la sorpresa. Algo he escuchado previniendo ante la intrusión de la artista gráfica en el mundo de la narración. ¿Solamente un prejuicio? No, y un error además.

Sara Morante se descubre como una novelista de técnica diestra. No pretende innovar, ni le hace falta. No parece preocuparle ser previsible o no. No lo es. Nos adentramos en el pequeño mundo de un inmueble urbano, pequeño burgués, un pequeñísimo refugio, más bien el asfixiante perímetro para las emociones y secretos de un pequeño grupo de seres, entre la miseria física y la moral, arrebatados por el egoísmo de lo pequeño y la tortura de las pasiones sin espejo, sin remedio.




El conjunto es excelente. La ilustradora se ha recreado. Supongo que asume cada reto del texto de otros como lo que es. ¿Y el desafío de plasmar tu propia trama? Aquí no se trata de crear una novela gráfica. No nos va a aportar una única y completa, por mucho que pueda llegar a ser compleja, una visión definitiva de los personajes, como pueda hacer Paco Roca. No es eso.

En realidad, nos asomamos al agujero del voyeur en la pared, al resquicio que nos ofrece la intimidad de otros, cuando los ángulos son a menudo de limitado alcance. Hemos de suplir con imaginación lo que recorremos en la trama. Y eso que, en el fondo, nos da tregua como autora, pues no siempre todo lo que escribe lo dibuja. Como no siempre todo lo que se quiere decir está tal cual, porque no es necesario, porque no hay razón para que sea así. Al final, acabamos disfrutando de esa libertad lectora, para mirar a nuestro aire, para perdernos a placer en el detalle.

Entren sin miedo en esta nueva casa de muñecas, las de las formas reconocibles del trazo personal de Sara Morante. Atrévanse a mirar sin ser vistos.



jueves, 7 de abril de 2016

Mi Barcelona y sus prodigios


Disculpen el arranque melancólico. Tras la aproximación con el club de lectura de la Biblioteca de Zuera a la novela de Eduardo Mendoza, La ciudad de los prodigios (Seix Barral, 1986). Un arranque a la vez pasional y meditado. Me duele el horizonte más bien cercano de la pérdida de Barcelona. Entiéndanme, aunque se convierta en la capital de un país extranjero, podrá seguir siendo tan mía como me antoje que lo sea. Pero no será lo mismo.




Yo también la viví oscura, en un primer encuentro perfectamente olvidable, gris y fría como la del protagonista, Onofre Bouvila. Poco acogedoras suelen resultar a menudo las grandes urbes, y todavía menos si el clima no acompaña. Yo, al menos no iba con la intención de establecerme allí, como ese campesino con ambiciones, o mejor dicho,  ese payés que resulta tan ajeno a la ciudad como lo fueron siempre los otros miles de charnegos que irían llegando en constante aluvión al corazón de Cataluña.

En visitas posteriores, mi Barcelona creció hasta conquistarme. Como a Onofre. Es bella y contundente, desabrida y coqueta, recatada y libertina, ruinosa y chic, contradictoria, deliciosamente contradictoria. Y por eso me gusta. Me encantan sus alturas, sus desvíos, los rincones secretos que se resisten a ser reconocidos. Me enamoró así mismo, a través de los ojos de aquella película de Almodóvar, la del hospital del Mar, la del cementerio encaramado al abismo, la de las ramblas del desamor y de la soledad.

Que nadie lo dude, los de fuera han construido Barcelona en semejante medida a como lo hicieron los enraizados en esa tierra durante cien generaciones. Nosotros, cada uno y entre todos, modelamos el destino del lugar que habitamos, lo nutrimos y lo perfilamos. Es nuestro. Y la Barcelona nuestra, es la de los lectores de Marsé, o de Vázquez Montalbán, del Terenci Moix en castellano, y de tantos otros escritores que para recrearla se han expresado en la lengua de Cervantes, que la vivieron desde este mismo lado de una frontera que por desgracia, por la cerrazón de unos y otros, van a acabar levantando.

Mendoza es un genio. Se disipa, se multiplica, renace, se dispersa, regresa, se pierde y al final, claro, gana. Me costó entrar en la historia previsible del “trepa”, en su prosa de recovecos y remansos, pero también de meandros mareantes. ¡Qué dominio del léxico! La trama tiene su intríngulis, aunque en realidad lo que parece contar es mucho más la libertad con la que asumir retos discursivos, el desafío una vez más a los géneros, entregarse con fruición a disfrutar de cada frase, de la ironía, de los huecos en la magia de una realidad que se absorbe, se retiene y se regurgita. Insensato y creativo al máximo.

De lo que más me ha convencido de esta obra, los frecuentes excursos parafraseando la historia de la ciudad. La oficial y la otra. De expo a expo, y tiro de la burguesía porque me toca. Políticos corruptos, autoridades sin autoridad, un rey de figura endeble, una sociedad en permanente crisis, miseria, riqueza pésimamente repartida,… ¿Les suena? Supongamos que estamos hablando de la España sin gobierno de hoy. Más, añadamos las veleidades de un progreso imparable, del nuevo rico de turno, de las mafias, de los días sin fin para un mundo que acaba repitiéndose en un ciclo inabarcable.

La vida misma.

 




viernes, 5 de febrero de 2016

A la redención por la escritura


 

Con Jodido Joyce (Millenniars, 2015), última novela de Chusa Garcés, en mente.
 
 
 
 
 
 
¿Y ya podemos estar seguros de que Joyce no es la exitosa creación de un grupo de intelectuales americanos, bajo la sombra protectora de alguna de sus prestigiosas universidades? Son demasiadas coincidencias.

Novelista de origen cadencioso, irlandés no tan irlandés, de lengua materna inglesa desde los arrabales del imperio, experimento por el experimento, superado ya el arte por el arte; microcosmos elevado por la magia de la mercadotecnia a mito e hito, incluso antes de que los gafapastas lo adoptaran como salvador.

Joyce ha puesto de acuerdo de una forma milagrosa tanto a los mercachifles de la arrogancia académica, como a los nuevos cultos, aunque ninguno se lo lea en realidad. Abundan los adláteres del gran desconocido, su gran obra bufa consiste en argumentar, con la debida prepotencia, retumbantes soflamas joyceanas, y sí, nadie percibirá la quimera, demasiadas páginas y demasiado tedio para terminar ese “tocho” del Ulises. Los que sí lo hemos leído, sabemos bastante mejor de lo que hablamos.

Y en Joyce está la meta, después de todo. En su (ya se ve, casi) incontestable magisterio. Es el modelo a seguir, la veta inacabable para el principiante, para el modesto “redactaletras”, para el consagrado monstruo. Para todos. Aunque no vayamos en peregrinación a Dublín. Y a todo esto, regresando a la obra de Chusa Garcés, ¿un manual para escritores? El auténtico manual viene sobradamente detallado en las páginas que desglosan las miserias y las poco rotundas grandezas de los protagonistas de Jodido Joyce. Los personajes para nuestra autora son líneas discontinuas, atisbos de la belleza que queremos intuir, la que nos muestra cada cual en su existencia, una materia inestimable para narrar.

Garcés nos va asomando a ese mundo literario personal, el mismo que ha ido elaborando y reelaborando desde que publicó Las pérdidas rojas (Pregunta, 2012), pasando por esa vuelta de tuerca que suponía Amor, blanco roto (Pregunta, 2013), hasta esta nueva entrega de su personal circo de equilibrios y muerte, de malabares y entereza, de sosiego y fracaso. El crecimiento estilístico de su prosa es indudable. Porque nos sigue lanzando ráfagas, en el pasado de ametralladora, ahora de viento. Un vendaval a menudo desolador y helado, si bien en otras muchas ocasiones, la tormenta resulte ser germen de lo que en todos los seres vivos permanece de esperanza y coherencia.

Regresamos así, a la seguridad de esos límites que con nombres ya conocidos (de entregas anteriores), o por conocer, van trazando las líneas maestras de ese edificio que por fortuna nuestra escritora se ha empeñado en levantar. Lo recurrente se convierte en esencial, y los giros entonces se tornan el cauce para ese fluir de la prosa en una novela que vuelve a estar compuesta por una sucesión de relatos y microrrelatos. Tenemos fácilmente la impresión de que se sobrevuelan los géneros con la intención de borrarlos y emborronarlos: docudrama, reportaje literario, lírica sin versos; en un vaivén, que nos va acunando hasta el desenlace, que no es tal.

Y a la pregunta del principio, a la de más adelante, contestar que por supuesto la técnica se puede aprender, que es de rigor contar con buenos maestros, que el Joyce del canon es una ficción tan acertada como las del irlandés, o no. En la labor de la escritura, una mota es un obstáculo insalvable, y la querencia todo el empuje necesario para abordar mil retos. En este batallar exiliado del texto que está por crear, cualquier migaja de sabiduría se aprovecha sin dudar y por demasía.

Y siempre nos quedará la redención por la lectura.

 

 

 

 

 

martes, 22 de diciembre de 2015

Y muy a menudo, Vietnam queda mucho más cerca de lo que creemos


Reciente en nuestras retinas la confirmación de que los seres humanos tropezamos no dos, sino innumerables veces con la misma piedra de la corrupción, de la casta, de la desfachatez de los que recortan derechos y se presentan como salvadores de la patria, el valiente poemario de Marta Navarro, Vietnam bajo la cama (Amargord, 2015), se hace poco menos que visionario e imprescindible.





Sumérjanse en las páginas de este volumen que vuela por el océano de olas sonoras de Irlanda y por semejantes horizontes lejanos, pero que se mantiene al mismo tiempo, pegado y bien pegado a la realidad cotidiana de nuestros desamores, de nuestra sociedad errabunda y desnortada. Se trata de literatura comprometida.

Y algunos se preguntarán si tal cosa todavía existe. Miren, admiradores de la diferencia entre nuevos y viejos idearios, desde aquí me declaro insumiso a esta moda, reniego de la caducidad de nada que defienda la dignidad de las personas, que sostenga que hay quienes someten a otros, que unos pocos viven en el lujo a costa de la miseria de un gran número de sus congéneres, llamémoslo conciencia de clase, izquierdas frente derechas, o simplemente,  quedémonos con la esencia de la brutal y desmedida avaricia de ricos y poderosos.

“Una democracia

                llena de pájaros de hojalata.

Nos vendimos lentamente

                y por nada.”

Este libro es lo que ya he expuesto, todo y mucho más. Nos habla sin pudor de las razones peregrinas, antojadizas, libérrimas, e incluso apabullantes que empujan a escribir. Encontramos poesía que parece prosa, prosa que se antoja lírica. Una empleada del mes, la transición de las lagartijas, un ministro “comodiosmanda”, revueltas sobre uno mismo para hallar respuestas, o más preguntas. Recuerdos de Ohio, desde este nuestro otro Ohio, certero y puñetero como él solo, desolador e inquieto, somardón.

Cómo le entendemos los que también hemos tenido que olvidar retazos enormes de infancia para ser felices.  Cómo fluye este discurso, coherente de miradas de humanidad a los otros, y a los otros otros, los animales sufrientes. Marta Navarro depura estilo mientras nos lanza a las chicas guerrilleras, al cuello de la estupidez y el prejuicio sexista, desollando la estrechez de miras, levantando la voz lo que haga falta, y eso que no es sino de cuando en cuando, porque las palabras bien elegidas se acoplan las unas con las otras para crear la magnífica construcción del Vietnam de la autora.

“Tú y yo tenemos una conversación pendiente. Una conversación sin diplomáticos ni obreros del metal, sin el miedo acumulado de los mataderos, sin psicoanalistas de bosques, sin menús de verano, sin la crueldad de los matadores, sin el silencio de los cobardes. Te ofrezco la eternidad y un día para comernos este miércoles regalo del dios Neptuno. Llámame y empezaremos de nuevo.”

Pues eso. Quede dicho, Marta Navarro, escuchen o no.




 

jueves, 5 de noviembre de 2015

Lecturas alimenticias


¿Me he preguntado por qué leo según qué libros? ¿Se lo han preguntado por ahí? Dado que son millones los libros que uno podría leer, quizá millones sea aventurado, dejémoslo en muchos miles, no es baladí plantearse cuáles deben ser los criterios para realizar la selección de los escasos (por mucho que uno lea, admitámoslo) afortunados.

Libros alimenticios son para mí, por empezar con algo, los que leo por mi trabajo.

Recientemente me he entregado a la falta de descubrimiento de apenas nada en Marina, de Carlos Ruiz Zafón (Booket, Planeta, 2012). Previsible, entretenido, repetitivo tras la lectura de El príncipe de la niebla, y en otro apartado de lectura, el del lector que se asoma con precaución a los “superventas”, La sombra del viento.
 
 
 
 
Ocurre a menudo con muchos artistas que se apuntan al “estribillo exitoso”, a la fórmula que les ha hecho vender infinito número de copias, ¿les suena Isabel Allende? Abandonan la magia de la novedad, pretendiendo ser fieles a su estilo, para continuar enganchados al carro de los ganadores. Pues eso. Es lo que encontramos en esta entrega más de una trilogía de niebla. Más personajes anacrónicos, de poco sutil anclaje en la novela gótica, remedos de la atmósfera del Fantasma de la Ópera, en una Barcelona que siempre atrae.
 
 
 

Mucho más interesante, qué duda cabe, efectuar nuevas incursiones en el mundo teatral español contemporáneo, para responder con sensatez a la pregunta: ¿qué me recomendarías leer? Desde luego, Cuatro corazones con freno y marcha atrás, de cabeza. La obra de Enrique Jardiel Poncela (Vicens Vives, 2006), con unas ilustraciones delicadas de Francisco Solé, que nos transportan a los patrones de otras épocas. Permanece como el trago de aire fresco que supuso en su momento. Recuerdo haberla visto hace muchos años, en su versión Estudio Uno de Televisión Española, haberme quedado con el interrogante básico que a todo ser pensante plantea esta obra:  ¿resistiríamos a la fatal ocurrencia de ser inmortales?
 
 
 
 

El autor despelleja sin pudor a los tiranos del prejuicio, desenmascara los convencionalismos que nos atenazan como seres humanos, nos hace comprender que el paso del tiempo forma parte de nuestro mero existir. Una inteligente propuesta que a pesar de todo, sufre a su manera el efecto de la pátina en la manera de entender la escena y lo que se sube a ella, pero un clásico más, y no precisamente uno cualquiera.

Académica es desde luego, la lectura que  hago de Teatro breve, con tres obrillas de José Luis Alonso de Santos, Ángel Camacho y Jorge Díaz; Dos sainetes, de Fernando Arrabal, y finalmente, La zapatera prodigiosa, de Federico García Lorca (todas ellas Everest, 2000). ¡Qué difícil seleccionar obras dramáticas que puedan ser del interés de los alumnos, y más todavía si las han de representar!
 
 
 
 

Me quedo con Lorca, por mucho que se trate de una obra menor, en ella se perciben sin pulir los grandes dramas que en otras piezas sí desarrollará. Se intuye el amor por la tradición teatral secular, la honda raíz popular de su personal, única, genial aproximación a la literatura, el embrujo con el que sus personajes entonan más que dicen, cantan más que hablan. El resto de obras se me antojan fallidas. El enemigo al que se invita a hacer picnic. Las situaciones surrealistas del gusto de Arrabal. La brevedad que no llega a ser intensa, ni compleja, ni emocionante. Personajes planos, pocos méritos para seleccionar unas piezas.
 
 
 
 

Lecturas que nos sirven, que nos aportan nutrientes mineralizantes. ¡No se vayan, que todavía hay más!


domingo, 25 de octubre de 2015

Las sirenas encallaron en las arenas movedizas de Bagdad


La aproximación con el Club de Lectura de Zuera a la novela “Las sirenas de Bagdad” (Alianza, 2007), de Yasmina Khadra (seudónimo del exmilitar argelino Mohamed Moulessehoul) me lleva a plantearme varias cuestiones.





En primer lugar, el asunto de los seudónimos. Un guerrero que se oculta tras un nombre femenino en una sociedad todavía más machista que la nuestra. El mundo al revés. Durante mucho tiempo fueron las mujeres las que debieron adoptar nombres masculinos para que se les aceptara en el mercado literario. Igualmente triste ha sido comprobar que en otras ocasiones, las obras que pasaron por tener como autor a un caballero, en realidad habían sido creadas por sus esposas. Seudónimos, heterónimos, siempre el tema candente de la identidad, de ser lo que somos, lo que aparentamos, lo que nos fuerzan a ser, lo que es conveniente que parezcamos, y con demasiada frecuencia, lo que no somos.

Desgarra pasar las páginas de esta novela dura, nada compasiva con el lector, que no va a encontrar casi nada amable en su trama. Irak y su guerra, porque en el fondo todo ha sido guerra desde que se hundió la farsa montada por Hassan Hussein. La ocupación por la fuerza multinacional liderada por Estados Unidos no ha dejado de fracasar en su supuesto intento de devolver al país a la normalidad.

El joven protagonista vive primero con horror y más adelante vencido por el odio, la nefasta realidad caótica que habita más que él ese paisaje antaño familiar y ahora remoto. Bagdad es un fantasma traicionero en el que todo se precipita a un abismo sin fondo. Su pueblo es escenario de las crueldades más espantosas, las que trae cualquier guerra, también la que les toca vivir a este universitario, a su familia, amigos, vecinos y conocidos; a todos. Porque no creo en la belleza rudimentaria de un relato bélico, y lo que me acaba emocionando de un devenir que en las primeras páginas se  me hizo tedioso, es que nos muestra lo inútil que resulta abandonarse a los instintos humanos, a lo más primario, ceder el paso ante lo que nos convierte en algo mucho peor que un animal rabioso.

Y está el asunto del orgullo (merecido) árabe. Un argelino se mete en la piel de un iraquí. La fuerza de su narración se cimenta en una tradición milenaria. Se trata de pueblos que comparten juglares, poetas, cantantes, una poesía trabada por centenares de hilos que vienen desplegándose por el horizonte de los arrabales de una cultura que ciertamente se desconoce en Occidente. Y el orgullo herido, como el del chico que ve deshonrar a su anciano padre, desata las consecuencias más vergonzantes, acrecienta los daños, desploma la cultura de convivencia más arraigada, destruye al ser humano más ecuánime. No me quito de la cabeza a nuestros abuelos, los que todavía vivieron la guerra civil desde las trincheras: me da vértigo concebir su odio, sus circunstancias carroñeras, todo lo que con el paso del tiempo veló el pudor.

Desde aquí, comprender lo privilegiados que somos por todo el tiempo transcurrido desde esa guerra nuestra. Entender que tenemos la obligación de responder adecuadamente a las necesidades de unos refugiados que llaman a las puertas de Europa y merecen un trato solidario y justo. Ahora nos toca a nosotros estar a la altura, como a otros les tocó en su momento, como en otros muchos puntos del planeta, cada año y sin cesar, les sigue tocando. El genio de la lámpara se olvidó de Bagdad, pero nosotros no debiéramos olvidar ni a Damasco, ni a Beirut, ni al Cairo, ni a…

 

 

martes, 6 de octubre de 2015

Y de Grecia también nos llega su cultura, y no sólo malas noticias


La asociación cultural Heleno-Aragonesa Pansélinos ha hecho posible la edición del libro del autor Yannis Adamis, “El proyecto” (STI, 2015), en una traducción de Isaac Gómez Laguna y con un atractivo diseño de cubierta por Petros Bouloubasis.








El texto de Adamis, uno inclasificable, que reúne lo que aparentan ser relatos y tiene la dinámica de una novela corta, está lleno de surrealismo. Me ha recordado a la inteligencia desbordada de cartas que me escribió hace mucho tiempo un gran amigo de esa época, de una elocuencia sabia y precisa, con mil referencias culturales inmersas en el mar de una escritura fresca. No siempre estaba seguro de entender, ni me importaba hacerlo o no. Apreciaba más la perfección del estilo, la creatividad a raudales.

En esto mismo me he quedado al terminar de leer esta obra con gatos, vendedores de lotería, una ciudad omnipresente, y creo pensar que con esta Grecia doliente de hoy día, y en permanente crisis, amago de esa sociedad que a todos marcó, vendida al mejor postor –el carente de todo escrúpulo-, la de los noticieros, la que sufren día a día nuestros hermanos griegos. Y aviso para navegantes, lo que a otros ocurre, también podría ocurrirnos.

¿Cuántos autores griegos conozco? Consulto “San Google”. Quien más quien menos fardará de haber leído a Kavafis. Apenas he leído algunos de sus poemas. El novelista de “La última tentación de Cristo” se llamaba Nikos Kazantzakis. La otra película, que no libro, que a muchos  nos dice algo es “Zorba el griego”, y se basó en una novela de ese mismo autor.  Las novelas policiacas de Petros Márkaris han tenido una más que considerable repercusión en nuestro país, todavía no me he acercado a ninguna, me lo apunto como deberes.

¿Y sus dos premios Nóbel de Literatura? Giorgos Seferis y Odysseas Elytis. El primero hace sonar alguna lejana campana, el segundo tiene un nombre de pila muy literario, y poco más. Para ahondar en la injusticia cultural de esta supuesta globalización, que en realidad es internacionalización de lo yanqui, uno de los más importantes autores contemporáneos de nuestro vecino país, Nikos Poulantzas, trató en uno de sus libros tema español, “La crisis de las dictaduras: Portugal, Grecia, España”. Mea culpa. No tenía ni idea.

Aparte de Ismail Kadaré, ni remoto conocimiento de lo que se haya podido cocer en la literatura albanesa. Y en el resto de la órbita mediterránea, fuera de las potencias culturales, el turco Orhan Pamuk (me encantó su visión de Estambul, como la ciudad misma, fronteriza entre continentes; a Yasar Kemal, no tengo el gusto), el egipcio Naguib Mahfouz (intenso aroma a zoco y rampante homofobia, una historia que me cautivó; ¿aquí también cuenta Kavafis?, ¿o su Alejandría era como la Praga de Kafka? Más fascinante si cabe, otro de esos fronterizos) Quizá me olvide de algún serbio, de algún croata que no relaciono con cierta lectura lejana. Estoy leyendo en estos días a un autor argelino. Algo es algo.

¿Tienen la culpa las editoriales que no se atreven con los autores en lenguas periféricas, minoritarias? ¿O nosotros, que sucumbimos a los gustos precocinados, a las sugerencias previsibles, a lo fácil? ¿O nadie? Merecería la pena tener algo de curiosidad por las culturas alejadas de la nuestra, de la que nos inculcan desde la tele, desde los medios, desde las redes sociales. Sería al menos enriquecedor.

Pero no nos engañemos, el remoto escritor tunecino lo tiene muy complicado. Tiene un nombre imposible, nos habla de asuntos que como mínimo nos son ajenos (o así nos lo parecen), no tiene agentes literarios en donde toman las decisiones del canon, y ese bárbaro de Bloom, fanáticamente “proanglo”, jamás llegará a tenerlo en cuenta; es en suma, un insignificante autorcillo que se expresa en una lengua ignorada. Para conseguir la “ansiada repercusión” tendrá que exiliarse culturalmente, en París, en Londres, renegar de sí mismo y al mismo tiempo hacerse autobombo como auténtico representante de su “excepción cultural”, maniatarse y desnaturalizarse. Indignante.

Las malas noticias se borran con el gozoso aventurarse en la obra de un autor griego. En su escritura está la misma esperanza que nadie podrá borrar del rostro de todo un pueblo.




 

lunes, 5 de octubre de 2015

Enemigos que llevamos dentro


Algún tiempo después de enfrentarme a mi primera lectura de un texto de Sergio del Molino, más en concreto su novela No habrá más enemigo (Tropo, 2012), me decido a apuntar algunas ideas sobre locura, sueños, personalidad y desventuras varias. Siempre se agradece descubrir una obra bien escrita, lo que no ocurre tan a menudo como querríamos.





¿Y en qué me baso para hacer una afirmación tajante como ésta? Argumentaría que la selección de las palabras que componen un discurso, que la trabazón de lo construido sea sutil y efectiva, que la trama responda a las expectativas como lector, que… en el fondo, es algo subjetivo, pero real, que apenas otra cosa que la experiencia de otras muchas novelas en la lista de muescas permite pontificar de esta manera.

“Supongo que, para entonces, nos estábamos acercando a la perfección que perseguíamos. Por fin había entendido mi personaje y podía darle carne, volumen y verdad.”

El personaje entendiendo su personaje, el escritor consciente de su rol, la literatura dentro de la literatura, lo metaliterario convertido en médula espinal de una narración madura, plena. Es entonces cuando el bochorno caprichoso de unos escenarios elegidos por ser fetiches, las prefiguraciones fáciles, conforme a la negación de lo propio y desde la incapacidad de ser uno mismo porque ser otro tiene más glamour, es más chic, es más; es entonces, digo, cuando el complejo se sublima, y adquiere todo su sentido, pasando de ser lastre a valor radical para un  todo.

“Lloré. Con las manos apoyadas en el lavabo, lloré. Lloré por no haber averiguado qué tenía yo de especial para andar jugando a aquel juego cuyas normas tan pronto comprendía como se me escapaban, porque estaban hechas de la misma inconsistencia narrativa que los sueños y porque, para no ser uno, se parecían demasiado a ellos. Porque si aquello no era real, prefería no guardar ni un deje de conciencia de mi locura. Si mi cerebro se lo inventaba todo mientras el cuerpo babeaba inerte en una cama de hospital, prefería sumergirme del todo en la novela de mi mente y no dejar abierto ni un solo resquicio por el que se colara el mundo en el que Nadejda se sentaba a hablar conmigo al borde de la cama, y en el que tú la consolabas con abrazos y frases hechas, y mi padre quizá esperara silencioso en el pasillo, sin atreverse a entrar. Lloré por no ser capaz de creerme del todo mi personaje, por confundir los momentos de vida real con fantasías, por que Lola no me perdiera del todo, por que no me retuviera, por que me devolviera a Zaragoza después de cada paliza. Lloré por no poder elegir Nueva York en vez del amor.”

Admito ser de quienes citan para señalar aquellos fragmentos de los que querrían haber sido autores, en una declaración de admiración sin tapujos. Vida ficción, imaginación cotidiana, fluir monótono de lo imposible, verosimilitud extravagante y genial. Azoteas de película, partidas de póker para dirimir el destino de cada aquel, moratorias con significado oculto, proezas que nos dirigen a ninguna parte y a ninguna parte queremos ir más allá de lo que hemos sentido. Elegir Nueva York cuando sopla el cierzo en Zaragoza. Nadejda y Lola, juego y día a día.

“-¿No le da gusto que le tomen por un saloio? Nadie espera nada de un saloio. Por otro lado, su autoestima puede resultar dañada. Todo el mundo necesita el reconocimiento de los demás, sentirse valorado. Es un mecanismo psicológico muy simple. Qué le voy a contar sobre el ego, mi querido Lenín. Pero si es capaz de inhibirse, si puede dejar de lado todas sus ansias por destacar y por recabar el amor de la gente, ser tomado por un ignorante o por un incapaz es muy instructivo. A las personas inteligentes se las suele identificar como una amenaza, en cambio de los tontos nadie se ocupa. Mirar y dejar que las cosas sucedan es muy satisfactorio en muchos sentidos. Para empezar, uno no es responsable del éxito o el fracaso de nada. Pero también puede aprender de los errores ajenos. O de sus aciertos. Eso sí, el saloio debe abstenerse de opinar. Su juicio ni se espera ni se aprecia. Dejarse llevar es agradable si el ego no sufre y si la lengua puede quedarse quieta dentro de la boca. No creo que usted disponga de ninguna de las dos cualidades. Si me permite decírselo, usted no es un buen saloio. O es un saloio de la peor especie: un descastado, un traidor a su clase, un renegado.”

El defecto transformado en virtud. El virtuoso en este mundo literario de egos. El ingenioso, polemista, en la estela más destacada de un Oscar Wilde en su apogeo, pero descarnado, sin piedad, rubricando un retrato genuino por lo onírico de una sociedad que hasta en su hermosura apesta. El gafapasta, el listo de la clase, el obsesivo, el auténtico. Mirar a la estupidez de frente, sin pelos en la lengua, agarrarla de sus orejas desmedidas, propinarle la paliza de su vida, sin tocar y sin mancharse. Me quedo con el rebelde airado autor de esta novela. Me convence.

Habrá una segunda lectura. El reto de los enemigos interiores me llama como el reclamo insoportablemente luminoso para cualquiera que se reconozca en un espejo borroso.




 

lunes, 24 de agosto de 2015

In memoriam: Ángel Aransay

 
 
 
 

¿En qué consiste la lotería de la gran edición?


A raíz de mi lectura veraniega, del exitoso (al menos en Argentina, patria chica de la autora) Y ellos se fueron, de Viviana Rivero, se me planteaba la pregunta que encabeza esta entrada. Es de enjundia.
 
 
 
 

Las grandes editoriales, nacionales e internacionales, son el objetivo confeso de algunos escritores, que no cejan hasta que, si son lo suficientemente afortunados, consiguen su propósito de ser publicados por una de ellas. Sabido es que rechazaron y rechazan a autores que a menudo acaban destacando en editoriales más modestas, conocido es que desprecian y ningunean a grandísimos escritores. Todos hemos leído bazofia publicada por ellas.

Todos podemos equivocarnos. Sus rastreadores, sus editores, también. O no del todo, o parcialmente sí. Si el libro se vende, dan en el clavo, lo de menos es la calidad del producto. Pero, ¿quién valora esa calidad? Hablamos de algo relativo, subjetivo, tremendamente valorable, incierto.

¿Hablamos de calidad literaria, o humana, o quizá incluso de habilidad para atraer y entretener a los lectores? Depende, como siempre ha dependido. Cervantes creía haber escrito una obra menor, una diversión sin mucha sustancia. Había producido la obra maestra de la literatura en castellano. No daré nombres, son muchos los que en la cresta de la ola están convencidos de haber pasado a la historia, y más tarde nadie se acuerda de ellos, o si lo hace es con una sonrisilla burlona en la boca.

El volumen de libros publicados a lo largo de un año es tan inabarcable, que cualquier manifestación talibán en cualquier dirección, positiva o negativa, a favor o en contra, se queda diluida en la cabezona realidad de una masa, de una verdadera maraña de ofertas lectoras, y como he dejado demostrado al elegir el título de este blog, ese vértigo no sólo me parece seductor, también una riqueza en sí mismo.

La novela-culebrón de Viviana Rivero mantiene el interés de un lector sin exigencias. La historia no está mal contada. Los vericuetos de las existencias de una saga de personajes entretienen. En una trama parcialmente ambientada en la España de la guerra civil, se echa de menos una documentación seria sobre lo que supone un conflicto bélico en las vidas de quienes lo sufren en su país, y en concreto si se trata de hombres jóvenes. Por lo demás, grandes amores y grandes desamores jamás defraudan. Nunca cansan el enésimo conflicto, la siempre penúltima confesión, el descubrimiento de un secreto, la pasión desbordada. Nadie se quejará mientras oye el chapoteo como música de fondo de una lectura ligera, y sobre todo agradecida.

En la lotería se ha de jugar, y en el juego está la auténtica ganancia.