viernes, 29 de julio de 2016

Cargando pilas


¿Y qué mejor manera de hacerlo como profesor de adolescentes que leyendo libros que puedan gustarles? Lo diré de otra manera, difícil recomendarles lecturas si uno mismo no las conoce. Y aquí entramos, por supuesto, ni pensar en eludirlo, en el debate de si lo que se les proponga como lecturas obligatorias en un instituto por sus profesores de Lengua deben ser clásicos de la literatura para todas las edades u obras de la así llamada literatura juvenil. ¿Y por qué no las dos cosas? ¿O más cosas? Novelas ilustradas. Algún ensayo de especial interés. Y poesía, y teatro. En el fondo, obras que sean buenas, que estén bien escritas, dejemos a un lado las etiquetas estigmatizadoras.

Empecemos con un descubrimiento. La editorial nos hace llegar algunas de sus propuestas a los profesores, y en este caso se lo agradezco por una: El libro de los rostros, de Ana Alonso y Javier Pelegrín (SM, 2015)
 
 
 

Conocía ya otro proyecto a cuatro manos de los mismos autores. Aunque tienen una larga trayectoria profesional en común, yo conocía únicamente Odio el rosa, y en concreto una de las novelas de la saga, Historia de Dani (Oxford, 2014). Consideré que podía resultar atractiva a un grupo mayoritariamente masculino de refuerzo de Lengua, una lectura sobre un futbolista de éxito en un futuro terrible en el que las marcas multinacionales dominarán todavía más el mundo. Ciencia ficción y balompié, combinación que a mí me dejaba frío. A los chicos no les disgustó. Me sorprende comprobar que en la web que comparten los autores no aparezca en el listado de sus obras. No sé muy bien cómo interpretarlo.

El libro de los rostros trata sobre una chica que aburrida con su vida decide inventarse una, en Facebook. Hasta ahí poca novedad. Es de esperar que se meta en un buen lío. Lo hace. El perfil que escoge, al azar, se corresponde con la identidad virtual (anónima) de una bloguera que destapó corrupción y tramas mafiosas, y a quien unos cuantos poderosos llegaron a odiar a muerte mientras permaneció activa. Tras un silencio, ahora reaparece, y además dando la cara. ¿Por qué? Conocer la identidad supuestamente usurpada no sólo pondrá en peligro la vida de nuestra protagonista, acabará aportándole argumentos sobre los que construir y desarrollar su personalidad, su propia identidad.

Una novela magníficamente hilada, inteligente, con dominio sobrado de las técnicas narrativas, del suspense.

 

Hablamos pues de buena literatura, la publique la colección que sea de la editorial que corresponda. Las novelas de Laura Gallego son buena literatura. Conocía ya y estaban en mi lista de recomendaciones: Finis Mundi (SM, 1999), Donde los árboles cantan (SM, 2011) y La emperatriz de los etéreos (Alfaguara, 2007).






La primera, porque un profesor de Literatura goza con las aventuras de un grupo de juglares con una protagonista “juglaresa”, recorriendo los parajes del camino jacobeo con uno o más misterios como correa de transmisión.
 
 
 
La segunda, por la belleza y el lirismo, porque de nuevo la protagonista no es la princesa ñoña y sí una mujer decidida a luchar por su amor, pero también por su lugar en el mundo.
 
 
 
 
Y la tercera, porque me sedujo ese toque de fantasía, de mundo paralelo, de realidad imaginada con aventuras y arrojo, con romance y vitalidad.

Este mes de julio he disfrutado con dos novelas más de la autora. De la mítica colección El barco de vapor. Pueden parecer a simple vista más infantiles, no lo son en absoluto.

 

La leyenda del rey errante (SM, 2002)
 
 
 

La filóloga tocando el corazoncito de este colega suyo otra vez, con una historia de un príncipe que ansía sobre todas las cosas ser poeta. Buena meta, desastrosos medios. No consigue crear verdadera belleza hasta que vive la poesía. Para conseguirlo, de nada le sirven las influencias, la educación privilegiada, las dotes excepcionales, el berrinche monumental, ni siquiera llevar a su reino a la ruina. La respuesta está donde ya no esperaba encontrarla, y llega cuando está preparado para propulsar su propio destino hacia el lugar que merece. Bonita historia, ¿verdad?

¡Y qué bien narrada! Cada vez aprecio más que me cuenten bien lo que me quieren contar. Esa es la magia de una novela, que sea fluida, que tenga dinamismo, que en nada se note la maestría de la narradora (la investigación previa sobre el mundo de la poesía árabe preislámica)  y sí las consecuencias de su arte. Laura Gallego construye una obra partiendo de una estructura en tres.

El arrogante príncipe pierde en tres ocasiones el certamen poético que él mismo convoca. Los tres premios que recibe el único ganador servirán para hacer posibles las ambiciones de los tres hijos del triplemente galardonado. Tres van a ser las etapas de aprendizaje vital por las que habrá de pasar nuestro protagonista, a la vera de los tres hermanos huérfanos que desconocen su verdadera identidad. Y del mágico tres iremos al cuatro del final del libro, pero eso no quiero adelantarlo, como dicen los chicos, no se trata de hacer un “spoiler”.

 

El coleccionista de relojes extraordinarios (SM, 2004)
 
 
 

No puedo demostrar tanto entusiasmo como con el anterior, y eso que este libro es de factura correctísima, cumpliendo con varios de los requisitos imprescindibles para ser recomendado a adolescentes: la trama está llena de misterio y suspense de principio a fin, el protagonista es alguien con quien muchos chicos se identificarán fácilmente, y la historia es una fantasía de planos paralelos e inquietantes de las que tanto les atraen.

Laura Gallego plantea una de sus inquietudes favoritas: el tiempo. La magia maravillosa que supondría controlarlo. El abismo que supone afrontar su paso, ese futuro que es incierto, la eterna inclinación de los humanos por la inmortalidad de la que carecemos. Todo ello en un escenario doble: una ciudad que bien podría ser Toledo (o cualquiera de las antiguas joyas urbanas patrimonio de nuestro país) y su otra cara en el espejo de lo inasible.

De Ciudad Antigua a Ciudad Oculta. Y es cuando entra lo esotérico, simbolizado convenientemente por algunas de las enigmáticas figuras de las cartas del Tarot. ¡Quién no ha pasado una noche en vela por miedo a que la noche sea una entidad tan real como lo que imaginamos! Desvelados por el cuento de perros ávidos de sangre humana, por los seres extraordinarios que escapan de las fronteras de sus oscuros dominios, por la estremecedora voz de quien nos narra sus antojos, sus miserias, su negrura. Y al final, la superación personal como único camino hacia uno mismo.

 

Este septiembre llegará, y tendré las pilas cargadas.

 

 

 

 

 

jueves, 28 de julio de 2016

Para que luego digan de los nórdicos


Es la segunda novela gamberra de producción por allá arriba, que además de resultarme desternillante, tiene ese puntito de crítica social que la completa. El abuelo que saltó por la ventana y se largó, de Jonas Jonasson (Salamandra, 2012) para muchos será algo parecido a una broma de mal gusto. Su humor es decididamente negro, me temo que el que pueden llegar a gastarse por esas latitudes del frío, pero es una manera de reír que creo inteligente, meditada, también cruel y despiadada. Me ha gustado. Mucho.
 
 

La primera novela de las que he mencionado fue La dulce envenenadora, de Arto Paasilinna (Anagrama, 2008), que conocí gracias a mi querido Club de Lectura de la biblioteca de Zuera. El título da una buena pista. El autor finlandés acierta al presentarnos a una mosquita muerta capaz de hacer todo lo necesario para deshacerse de quien perturba su vida. ¿No son los protagonistas más terroríficos de nuestras pesadillas otros mejores que las ancianitas, las muñecas de porcelana, los juguetes aparentemente inofensivos y todo aquello que pertenece no solamente a nuestra cotidianeidad, sino a lo más tierno e inocente de nuestras existencias?
 
 

Desolador base para derruir la muy superficial construcción de nuestra civilización, atenta mucho más a las apariencias que a lo profundo. Me encanta comprobar que estos borrachuzos suicidas vikingos nos llevan años de ventaja en retorcerle el cuello a los prejuicios identitarios, a la moralina sin tachas más cavernaria. Son gigantones secos y serios, pero qué bien se carcajean hasta de su madre.

Vuelvo a la novela objeto de esta entrada. Lo de hacer reír es una cosa muy seria, y muy difícil. Nuestro autor sueco lo logra con una enrevesadísima trama de doble estructura alterna. Nos va transportando en un largo flashback desde los principios de la biografía de nuestro nada senil centenario protagonista hasta la época actual, el otro eje de la narración. Su pirado escandinavo recorre la geografía planetaria, y en su desplazamiento temporal va cruzándose en el camino de algunos de los principales líderes mundiales, compartiendo protagonismo con ellos en varios de los hechos más relevantes de la historia contemporánea.

El vejete se ve involucrado en guerras, en traiciones, en complots. La política le aburre. En realidad, es un ácrata redomado. El anarquista en estado puro. Le resbalan las consignas de la izquierda, ha vivido el gulag, lo más oscuro del estalinismo. No cree en los dogmas neoliberales de un capitalismo que le viene bien mientras le viene bien dado, pues no confía en su democracia opresiva y limitada. Al final, todos los grandes que pasan por su vida acaban siendo parecidos en su irrelevancia.

La complejidad estructural y la ambición (reprochable, lo admito) del autor, nos alejan de la simpática desvergüenza de Paasilinna. Y sin embargo, cuando el peso del número de páginas me hacía dudar del acierto de Jonasson como escritor, recordaba la escena del matón aplastado por el enorme culo de una elefanta acogida en una plácida granja de la profunda Suecia, y volvía instantáneamente a reconciliarme con la obra.

Me encanta pensar en ese hombre que resiste un día más, y que lo hace con dignidad. Es un saco de pellejos, una ruina andante, pero uno de esos túmulos con mil enigmas por ser descubiertos. Me agrada la alegre cuchipanda de desarraigados de todas las edades y orígenes que acaban siguiendo a nuestro centenario en sus correrías.

Me motiva comprobar que alguien más dice en voz alta que las autoridades del país menos corrupto del planeta, pueden ser tan imbéciles como los impresentables al cargo, que sufrimos por aquí. Me hace sentir vivo. Me hace querer seguir viviendo. Con la sonrisa en la boca que ni políticos, ni jueces, ni fuerzas de seguridad, ni ejércitos, ni demás acólitos de los poderosos, van a conseguir quitarme. Gracias, abuelo.

 

 

 

 

 

miércoles, 27 de julio de 2016

La familia y otros asuntos, bien gracias


Afortunadamente, habría hecho caso de todos modos a mi habitual consigna para alumnos, llegar hasta la página 100 antes de desechar la idea de que un libro vaya a engancharnos. Creedme, muy a menudo lo hace, y con La vista desde Castle Rock, de la reciente premio Nobel, la canadiense Alice Munro (RBA, 2008), me ha vuelto a ocurrir.





La Munro parece haberse hecho famosa por escribir novelas que lo son tan sólo en apariencia, y que en realidad son colecciones de relatos. Es el caso. Y los primeros de este volumen, los que dedica a sus ancestros migrantes, los que dejaron su Escocia natal para asentarse en el nuevo mundo, esa parte de la historia familiar me ha dejado frío.

La prosa de la autora canadiense se desenvuelve con un dinamismo radicalmente distinto cuando acude a sus raíces más remotas, al presentarnos a esos personajes que conoce por haberlos investigado, por documentos reales o inventados, que son crónica histórica, retazos de un fluir social que se antoja añejo y poco más que polvoriento. Intenta ser objetiva, o eficaz, o hábil a la hora de recrear otras épocas, y acaba siendo áspera, difusa, apenas atractiva. Se caen de las manos esas páginas que permanecen en la memoria como una especie de epílogo entre lo sesudo y lo académico. Por fortuna, nada que ver con el resto del libro.

Me ha seducido esta gran escritora cuando se aproximaba a los suyos, a los más cercanos, a sus padres, a sus abuelos. Me ha arrastrado el vendaval de su escritura cuando se aproximaba a su niñez mísera, o tal vez tan solo de escasez, a la verdadera medida de sí misma.

Curioso averiguar que la autora nunca había escrito textos tan personales como estos. Entonces, cabe plantearse si todo lo que había escrito previamente era preparándose a enfrentarse con sus orígenes. Los borda, borda estos relatos crudos, descarnados, directos, rotundamente sinceros. No escatima verdad, y no hablo de que pase la prueba del biógrafo más exigente, en absoluto. Me refiero a que se retrata a sí misma, y lo hace con los suyos, y resultan personas como las que respiran, sufren, sienten o no padecen. Como usted y como yo, a miles de kilómetros eso sí.

¿Cómo debe exponerse un escritor en el momento en que se convierte en un personaje? Ha de resultar tentador redimirse, suavizar los ángulos, concentrarse en los detalles, rebajar las aristas, mentir. La niña que nos presenta Munro no me cae simpática. Es caprichosa, cruel, retorcida, a menudo insensible. También es decidida, enérgica, inteligente, inquieta. Su realidad nos la muestra en esa cotidianeidad aplastantemente prosaica, la que agota los minutos de un día, la que llena de grisura la existencia más exigente, la que todos podemos conocer. Y por eso es plena, creíble, auténtica.

Siempre nos quedará Canadá, o quizá ya no tanto.

 

martes, 31 de mayo de 2016

Y la rubia resultó ser de bote


 
O más inteligente que el idiota que la encandiló, y que el que abusaba de ella, y aquel otro que pasaba por allí y ocupó un espacio intangible en su existencia. Y miren que por la foto de la cubierta, Dorothy Parker por tener, no parecía tener una cabellera de diosa vikinga. El libro es suyo, Una rubia imponente (Nórdica, 2013), acompañando (o más bien creando una narración propia al reflejo de un espejo gráfico) su texto las muy imponentes ilustraciones de Elisa Arguilé, premio nacional de ilustración.
 
 

Ayer mismo tuve que escuchar el siempre bienintencionado comentario del lector hombre sobre la escritora mujer. A mi “escribe bien”, un “sí, escribe sencillo, tan fácil”. Y yo vuelta a repetir sus dotes de escritora, y el buen señor a argumentar lo fácil y sencilla que era de entender. ¡Qué confusión, amigas retardadas y amigos aleccionadores! ¡Con lo difícil que es convertir lo complejo en asequible, en cotidiano, en manejable, en auténtico! A menudo me he planteado lo que anda detrás de mucho sesudo “épater les bourgeois”: me temo que el vacío más absoluto y la incapacidad de decir nada con sentido, y mucho menos con alguna remota utilidad. Se trata del arrogante vicio de tanto intelectual onanista de mente y alma.

El inocente comentario al que me acabo de referir, versaba sobre una admirada poeta y narradora con multitud de seguidores en Facebook, de biografía admirable y motivadora a más no poder, pero… Dorothy Parker tuvo que soportar seguramente alusiones bastante más mordaces en vida, sobre su ascendencia judía de la que ella misma se mofaba, sobre sus veleidades izquierdistas y su tenaz defensa de los derechos civiles, sobre sus amigos escritores y sus amantes, sobre el hecho de ser una mujer comprometida, libre y con personalidad. Un reto este último, todavía vigente para cualquier mujer. Por desgracia.

Parker intentó suicidarse, pero murió ya anciana de un ataque al corazón, después de sobrevivir a un marido fallecido por sobredosis, eso sí. Era judía, pero se educó en un colegio católico. Era de buena familia, pero los perdió a todos, por lo que tuvo que abandonar su formación académica a la temprana edad de trece años, para buscarse la vida. En cualquier caso, enseguida comenzó a despuntar como poeta, como crítica literaria y teatral, como reportera desde la Europa agitada de los años treinta.
 
 
 

No, no me olvido de este relato “autobiográfico”. Con técnica, asistimos a los apuntes al natural de una vida atraída por el abismo de amores imposibles y estoicas “vueltas a comenzar”. La rubia se equivoca y lo hace a conciencia. Sigue adelante, se pensará que un mucho por inercia, en realidad es un tanto más por convicción. Una buena copa, y a por el horizonte, línea recta, con todos los excursos imprescindibles, y los meandros, y la soledad más acompañada, y todo lo que quede por recorrer.

Disculpas, si al final no acabo de “empatizar” con esta mujerona de estado indefinido y vocación de luchadora: “Al poco Sydney se casó con una mujer rica y controladora; a continuación apareció Billy. No, perdón, después de Sydney vino Fred y luego Billy. En su permanente niebla mental, nunca fue capaz de acordarse de cuántos hombres habían entrado en su vida y habían salido de ella. No cabía la sorpresa: ni se estremecía a su llegada ni sentía pena a su partida. Por su parte, parecía que siempre resultara atractiva para los hombres. Nunca apareció ya ninguno tan rico como Ed, pero todos fueron generosos, cada uno según sus posibilidades.”

Triste destino de la muñeca hermosa, frágil, decadente, llena de curvas, de sensualidad, de generoso compartir vida, atrofiada en su desarrollo por una sociedad castrante, siempre al borde de la asfixia, incapaz de demostrar su valía y su talento, o no en la medida de lo que sería justo. La rubia se monta al tren a ninguna parte, se mueve con su exquisito contoneo, se le revuelven las tripas, tiene urgencia por llegar a algún sitio, pero eso nunca ocurrirá.

 


 

 

 

 

miércoles, 25 de mayo de 2016

Sobre Parnasos y papeles de sindicatos imaginarios


Javier Cinca Monterde es ya un clásico del mundo “underground” zaragozano. Consciente de que nunca ha querido ser “mainstream”, de que como sus gustos musicales, su paso por el mundo de la cultura iba a ser “a su aire”, a su libertad. Rehúye boatos, partes traseras de autoridades tan antojadas y tan lamidas por los trepas de siempre. Jamás ha pretendido estar, ha preferido ser. Y así le va. De bien, pues lo que a todos se nos pedirá al final del recorrido, es sin duda un mínimo de coherencia, y Javier Cinca lo cumple sobradamente.

Y toda esta reflexión al hilo de la lectura de Dramatis Personae. Los papeles del S.T.I. (STI Ediciones, 2014), su personal pasar revista a muchos años de labor como editor, como crítico y estudioso musical, como agitador cultural. Los papeles son una recopilación de artículos, entrevistas, textos memorialísticos, prólogos, todos de su autoría, que aparecieron muy a menudo en revistas de vida fugaz y escasa repercusión, o también en fanzines rompedores.






Aunque algunos de los protagonistas de dichos textos sean sobradamente conocidos (Burroughs, Canetti, Kafka), una gran mayoría son desconocidos, desconocidos para la masa, desde luego para la borreguil masa que se sacia con la basura más infecta, y que ni en sueños se asoma al mareo de cualquier abismo. Se trata de algún poeta maldito, de músicos de la experimentación, de grupos musicales de culto, de varios personajes maltratados por el “establishment”, por la “kultura” asentada y plana.

Javier Cinca ha sido el apasionado ferviente de las otras músicas, que primero abrió una tienda de vinilos en la famosa zona de bares de Moncasi en los felices ochenta, y que hace unos pocos años tuvo el atrevimiento de unir, bajo un mismo techo comercial, libros de lance y venerables vinilos.

Es así mismo, el editor que publica lo que le viene en gana: alguna novela que bien podría ser tan comercial como cualquiera, si es que en este país los grandes editores realmente publicaran lo que vale la pena, y no únicamente lo que les llega recomendado por sus amiguitos; poemarios de los crudos, de los densos, de los “beat” sin nombre en la nomenclatura oficial; pequeñas joyas que nos descubren autores extranjeros que se asomaron hace ya algún tiempo a esta tierra nuestra, o a nacionales descartados por el rígido fluir del canon literario. Y en ello sigue.

Vuelvo al libro. Se inicia con una cita nada inocente de un texto de Schopenhauer, a propósito del desprecio suscitado por los diletantes entre los eruditos. Es el avieso delito de cultivar una ciencia o un arte por el goce que se experimenta en ello. El goce que encontramos a lo largo de estas páginas de apasionado encuentro con las letras, con la música, con el arte. La intensa alegría de haber sido joven e inexperto, de haber vivido noches muy largas en bares con mucho humo y demasiadas sustancias, y ahora, de haber sobrevivido para poder contarlo.

Me interesa y me siento más a gusto con la parte más literaria del volumen. Yo también viví esa Zaragoza de la que se habla, aunque fuera diez años más tarde. Dos generaciones que inevitablemente todavía confluyeron, los restos de lo anterior flotaban en el ambiente, sus ecos permanecían.

Me arrastra ese proyecto para toda una vida, ese Sindicato de Trabajos Imaginarios, que empezó como un proyecto colectivo contra el aburrimiento y lo convencional, como promotor de aventuras musicales y boletines, de manifiestos y comunicados en la línea de las vanguardias de pro; y que, con el paso de los años daría nombre a una editorial pequeña, a una línea editorial valiente, discreta, auténtica.
 
 
 

¡Qué extraña fascinación producen los poetas malditos, los que se quedan al margen! Cómo no reconocer mi ignorancia ante la realidad de los poetas sonoros italianos. Sus nombres, sus obras, se me escapan. Javier Cinca bucea en esos mundos, como lo hizo cuando participó intensamente en festivales internacionales en sus años jóvenes, trayéndose un abundante  material que no ha querido dejar inédito.

No, el poeta Javier Cinca, editor y editado en el siglo XXI, con su notable Poemas de Londres (STI, 2008), firmado como Javier Viriato (su nombre de guerras pacíficas), no está en el Parnaso, ni el 2.0, ni en ningún otro. No creo que lo necesite.

 


lunes, 9 de mayo de 2016

La bondad y la ira (Últimas horas de Ramón Acín)



 

 

Asisto espantado a la desfachatez con la que la derecha cavernaria y sus secuaces mediáticos atacan el mero concepto de memoria histórica. Ahora los revisionistas no son únicamente los neonazis obviando el holocausto, Dios nos libre, también los populistas de nuevo cuño que se atreven a proclamar lo evidente: lo caduco de nuestro sistema constitucional, y la necesidad de reivindicar de una vez por todas a los que yacen sepultados en cunetas y fosas junto a muros de cementerios, sin el reconocimiento respetuoso de sus restos y su correspondiente dignidad.

Ahora, recordar sigue siendo malo. Lo era cuando el objetivo principal era la reconciliación, superar el pasado para construir un presente más libre. No importa que desde la llegada de nuestra débil democracia hayan pasado los suficientes años como para que una buena parte de la población no haya conocido otra cosa, con tal de que los mismos deban seguir bajando la cabeza y aceptar sin más la amnistía de los asesinos. Los cavernarios insultan a la inteligencia, acuden a sus adeptos para machacarnos a todos desde su atalaya de intolerancia, arrogantes, crecidos. Dominan los medios de comunicación generalistas. Se saben fuertes.

Viene todo lo anterior al pelo para abordar una vez más en este blog la versatilidad del formato cómic, o si se quiere, el de la novela ilustrada, versátiles para abordar cualquier asunto imaginable, también los más duros, los más silenciados. Ramón Acín fue un hombre como tantos, con sus luces y sus sombras, un destacado intelectual, un maestro de maestros, un artista, un hombre comprometido.
 
 

Y murió por sus ideas, que había defendido pacíficamente desde la tribuna, desde la hoja impresa, desde la decencia y el corazón. Merece que se haga un ejercicio de memoria, por mucho que se empeñen los herederos de quienes lo ejecutaron, para ponerle una vez más en su sitio, para homenajear su figura. Otros ya tuvieron casi cuarenta años de país rendido a sus pies, no es tanto pedir después de todo.

El autor de la parte gráfica es el también editor del libro y de otros de cómic, Daniel Viñuales con su editorial GP. En su destacable labor, recurre a un gris que se hace eco de lo lúgubre de los acontecimientos, de esa época oscura y tan olvidable de la historia de nuestro país. Ante la difícil tarea de poner en imágenes la biografía de semejante personaje elevado desde hace tiempo a mito, de relatar con sus dibujos esos momentos históricos protagonizados por Acín y otros, muestra con delicadeza y sensibilidad, seres angulosos que rebuscan en su alma torturada. Es efectivo.

Juan Pérez firma los bocadillos, el guion de esta pequeña magia ilustrada, de esta crónica de hechos y atrocidades, para recordar los detalles esenciales de la biografía de protagonistas como Acín y Galán, como también para denunciar a quienes les traicionaron. Pajaritas sobre un fondo rojo. Complicado acoplar en el espacio destinado a los textos de un cómic tantos datos relevantes, transmitir y sintetizar, llegar al matiz y saborear la esencia. La guerra, pero también la paz. La política, sin olvidar la cultura y la amistad (Buñuel, los compañeros maestros, tantos seres anónimos que pasaron por la vida de Acín, su mujer, por encima de todo su familia).

¿Se puede ser bueno sin dejarse llevar en ocasiones por la ira? ¿Permite la ira de algunos que se desarrolle plenamente la bondad de los pacíficos? ¿De qué bondad estamos hablando?

En este libro no hay respuestas, hay preguntas, se plantean cuestiones, se abordan momentos a los que asomarse desde nuestro hoy a un pasado que ya no es, que no puede ser. Las últimas horas de un ser que amó, profundamente.

 

 

 

 

lunes, 25 de abril de 2016

De un desconocido a Stefan Zweig


Terminada la lectura, con el club de lectura de Zuera, de su apreciable cuento largo, Carta de una desconocida (Acantilado, 2002), me dirijo usted para hacerle saber las inquietudes que su obra ha despertado en mí.





Es difícil aventurar hasta qué punto el azar dirige nuestras vidas. ¿Somos lo que somos únicamente como resultado de decisiones propias, o también fruto de dejarnos zarandear por lo que el destino nos va trayendo? La protagonista de su historia va reencontrándose con su idolatrado amor, porque aunque si bien nunca pone tierra de por medio, la existencia va jugando con ella a través del atolondrado espíritu olvidadizo y egoísta de su amado. Es verdad, ella le ama sin condiciones, ella se le entrega a la menor ocasión, ella va por el camino sin atajos cuando cría al hijo de ese amor sin esperanza, es ella y solo ella la que muere sola y abandonada.

Y sin embargo, el villano nunca la engaña, jamás la trata con desconsideración, en ningún momento pretende hacerla infeliz. Si vive en el abandono, es voluntario, ya que tiene candidatos sin fin para ocupar un hueco en su corazón de mujer bella e irresistible. ¿No es ella la que lo seduce en cada una de las ocasiones? ¿No es ella la que vuelve a quedarse al margen, observando y amando en silencio, incapaz de reclamar ese reconocimiento que no llega?

Estimado señor Zweig, ¿qué podría haberle contestado ese hombre atribulado y sin noticia de sus desmanes? Podemos imaginarle redactando, después de todo es escritor, una confesión de culpas, las que ella no deseaba surgieran de su alma. O quizá un pliego de descargos, al uso de la época, el de una Viena muy lejana de nuestro devenir desgobernado y corrupto, y no tanto en lo que a la libertad de la mujer se refiere, puesto que nuestra sociedad continúa siendo bastante arcaica, un mucho patriarcal, decididamente injusta.

Una pobre loca, una “cocotte” de altura, cometiendo disparates, arrebatada por esos humores, por esos nervios que desbaratan la más firme convicción del sexo débil. No, en absoluto, ella demuestra ser consciente y coherente en todo momento, no se merece semejante reducción a lo simple. Va más allá, incluso de su comprensión como creador del personaje.

Poco más, aparte de felicitarle por la edición de su libro en España, pues la editorial Acantilado lo ha convertido en un objeto bello, algo que se corresponde con lo que en su página web (http://www.acantilado.es/) plantea como toda una declaración de intenciones, hacer de sus volúmenes por su factura, por el papel, obras duraderas. Le publican a usted y a grandes autores esenciales de la vieja Europa, apostaron por Imre Kertész y se alegraron casi tanto como él cuando le otorgaron el Nobel. Me congratulo además por la traducción de Berta Conill, que descifro respetuosa con el original y al mismo tiempo, sin asomo de verdadera traición, como una puesta al día del manuscrito, superando el lastre de una prosa que traductores coetáneos habrían podido infligir a una narración que así suena actual, dinámica y poderosa.

Tome, hágame el favor, esta misiva como un alegato por la recuperación de su obra. Una vez al tanto de sus vicisitudes, de su trágico final, conocedor de que pretendía siempre mantener el interés de lo que escribía desde la primera página hasta el desenlace, de que estimaba en poco la prosa de su tiempo, por estar llena de recursos vacíos; estimando por último, completamente necesario sumergirme en alguna otra de sus obras, y perdone si no es una biografía, es un género que me resulta del todo sin atractivo, me despido de usted.

Un saludo respetuoso,
de uno más de sus desconocidos lectores.

jueves, 21 de abril de 2016

Esas paredes vivas, con ojos, y orejas…


Me ha sorprendido Sara Morante. Ya me fascinaron sus ilustraciones para Casa de muñecas (Páginas de espuma, 2012), el volumen de microrrelatos de Patricia Esteban. Eran ilustraciones dignas del ambiente opresivo y sugerente de las historias de la escritora aragonesa. Eran directas y sutiles, redondas y cortantes, magníficas. Ahora presenta La vida de las paredes (Lumen, 2015), un libro inclasificable.



Primero, se reconocen las ilustraciones. En esta ocasión a todo color, pero las hay también con juego de sombras, prácticamente chinesco. Son colores atemporales, abigarrados, como sostenidos en el tiempo, asomados a la vida de unos personajes desgarrados. Y por ahí anda la sorpresa. Algo he escuchado previniendo ante la intrusión de la artista gráfica en el mundo de la narración. ¿Solamente un prejuicio? No, y un error además.

Sara Morante se descubre como una novelista de técnica diestra. No pretende innovar, ni le hace falta. No parece preocuparle ser previsible o no. No lo es. Nos adentramos en el pequeño mundo de un inmueble urbano, pequeño burgués, un pequeñísimo refugio, más bien el asfixiante perímetro para las emociones y secretos de un pequeño grupo de seres, entre la miseria física y la moral, arrebatados por el egoísmo de lo pequeño y la tortura de las pasiones sin espejo, sin remedio.




El conjunto es excelente. La ilustradora se ha recreado. Supongo que asume cada reto del texto de otros como lo que es. ¿Y el desafío de plasmar tu propia trama? Aquí no se trata de crear una novela gráfica. No nos va a aportar una única y completa, por mucho que pueda llegar a ser compleja, una visión definitiva de los personajes, como pueda hacer Paco Roca. No es eso.

En realidad, nos asomamos al agujero del voyeur en la pared, al resquicio que nos ofrece la intimidad de otros, cuando los ángulos son a menudo de limitado alcance. Hemos de suplir con imaginación lo que recorremos en la trama. Y eso que, en el fondo, nos da tregua como autora, pues no siempre todo lo que escribe lo dibuja. Como no siempre todo lo que se quiere decir está tal cual, porque no es necesario, porque no hay razón para que sea así. Al final, acabamos disfrutando de esa libertad lectora, para mirar a nuestro aire, para perdernos a placer en el detalle.

Entren sin miedo en esta nueva casa de muñecas, las de las formas reconocibles del trazo personal de Sara Morante. Atrévanse a mirar sin ser vistos.



jueves, 7 de abril de 2016

Mi Barcelona y sus prodigios


Disculpen el arranque melancólico. Tras la aproximación con el club de lectura de la Biblioteca de Zuera a la novela de Eduardo Mendoza, La ciudad de los prodigios (Seix Barral, 1986). Un arranque a la vez pasional y meditado. Me duele el horizonte más bien cercano de la pérdida de Barcelona. Entiéndanme, aunque se convierta en la capital de un país extranjero, podrá seguir siendo tan mía como me antoje que lo sea. Pero no será lo mismo.




Yo también la viví oscura, en un primer encuentro perfectamente olvidable, gris y fría como la del protagonista, Onofre Bouvila. Poco acogedoras suelen resultar a menudo las grandes urbes, y todavía menos si el clima no acompaña. Yo, al menos no iba con la intención de establecerme allí, como ese campesino con ambiciones, o mejor dicho,  ese payés que resulta tan ajeno a la ciudad como lo fueron siempre los otros miles de charnegos que irían llegando en constante aluvión al corazón de Cataluña.

En visitas posteriores, mi Barcelona creció hasta conquistarme. Como a Onofre. Es bella y contundente, desabrida y coqueta, recatada y libertina, ruinosa y chic, contradictoria, deliciosamente contradictoria. Y por eso me gusta. Me encantan sus alturas, sus desvíos, los rincones secretos que se resisten a ser reconocidos. Me enamoró así mismo, a través de los ojos de aquella película de Almodóvar, la del hospital del Mar, la del cementerio encaramado al abismo, la de las ramblas del desamor y de la soledad.

Que nadie lo dude, los de fuera han construido Barcelona en semejante medida a como lo hicieron los enraizados en esa tierra durante cien generaciones. Nosotros, cada uno y entre todos, modelamos el destino del lugar que habitamos, lo nutrimos y lo perfilamos. Es nuestro. Y la Barcelona nuestra, es la de los lectores de Marsé, o de Vázquez Montalbán, del Terenci Moix en castellano, y de tantos otros escritores que para recrearla se han expresado en la lengua de Cervantes, que la vivieron desde este mismo lado de una frontera que por desgracia, por la cerrazón de unos y otros, van a acabar levantando.

Mendoza es un genio. Se disipa, se multiplica, renace, se dispersa, regresa, se pierde y al final, claro, gana. Me costó entrar en la historia previsible del “trepa”, en su prosa de recovecos y remansos, pero también de meandros mareantes. ¡Qué dominio del léxico! La trama tiene su intríngulis, aunque en realidad lo que parece contar es mucho más la libertad con la que asumir retos discursivos, el desafío una vez más a los géneros, entregarse con fruición a disfrutar de cada frase, de la ironía, de los huecos en la magia de una realidad que se absorbe, se retiene y se regurgita. Insensato y creativo al máximo.

De lo que más me ha convencido de esta obra, los frecuentes excursos parafraseando la historia de la ciudad. La oficial y la otra. De expo a expo, y tiro de la burguesía porque me toca. Políticos corruptos, autoridades sin autoridad, un rey de figura endeble, una sociedad en permanente crisis, miseria, riqueza pésimamente repartida,… ¿Les suena? Supongamos que estamos hablando de la España sin gobierno de hoy. Más, añadamos las veleidades de un progreso imparable, del nuevo rico de turno, de las mafias, de los días sin fin para un mundo que acaba repitiéndose en un ciclo inabarcable.

La vida misma.

 




viernes, 5 de febrero de 2016

A la redención por la escritura


 

Con Jodido Joyce (Millenniars, 2015), última novela de Chusa Garcés, en mente.
 
 
 
 
 
 
¿Y ya podemos estar seguros de que Joyce no es la exitosa creación de un grupo de intelectuales americanos, bajo la sombra protectora de alguna de sus prestigiosas universidades? Son demasiadas coincidencias.

Novelista de origen cadencioso, irlandés no tan irlandés, de lengua materna inglesa desde los arrabales del imperio, experimento por el experimento, superado ya el arte por el arte; microcosmos elevado por la magia de la mercadotecnia a mito e hito, incluso antes de que los gafapastas lo adoptaran como salvador.

Joyce ha puesto de acuerdo de una forma milagrosa tanto a los mercachifles de la arrogancia académica, como a los nuevos cultos, aunque ninguno se lo lea en realidad. Abundan los adláteres del gran desconocido, su gran obra bufa consiste en argumentar, con la debida prepotencia, retumbantes soflamas joyceanas, y sí, nadie percibirá la quimera, demasiadas páginas y demasiado tedio para terminar ese “tocho” del Ulises. Los que sí lo hemos leído, sabemos bastante mejor de lo que hablamos.

Y en Joyce está la meta, después de todo. En su (ya se ve, casi) incontestable magisterio. Es el modelo a seguir, la veta inacabable para el principiante, para el modesto “redactaletras”, para el consagrado monstruo. Para todos. Aunque no vayamos en peregrinación a Dublín. Y a todo esto, regresando a la obra de Chusa Garcés, ¿un manual para escritores? El auténtico manual viene sobradamente detallado en las páginas que desglosan las miserias y las poco rotundas grandezas de los protagonistas de Jodido Joyce. Los personajes para nuestra autora son líneas discontinuas, atisbos de la belleza que queremos intuir, la que nos muestra cada cual en su existencia, una materia inestimable para narrar.

Garcés nos va asomando a ese mundo literario personal, el mismo que ha ido elaborando y reelaborando desde que publicó Las pérdidas rojas (Pregunta, 2012), pasando por esa vuelta de tuerca que suponía Amor, blanco roto (Pregunta, 2013), hasta esta nueva entrega de su personal circo de equilibrios y muerte, de malabares y entereza, de sosiego y fracaso. El crecimiento estilístico de su prosa es indudable. Porque nos sigue lanzando ráfagas, en el pasado de ametralladora, ahora de viento. Un vendaval a menudo desolador y helado, si bien en otras muchas ocasiones, la tormenta resulte ser germen de lo que en todos los seres vivos permanece de esperanza y coherencia.

Regresamos así, a la seguridad de esos límites que con nombres ya conocidos (de entregas anteriores), o por conocer, van trazando las líneas maestras de ese edificio que por fortuna nuestra escritora se ha empeñado en levantar. Lo recurrente se convierte en esencial, y los giros entonces se tornan el cauce para ese fluir de la prosa en una novela que vuelve a estar compuesta por una sucesión de relatos y microrrelatos. Tenemos fácilmente la impresión de que se sobrevuelan los géneros con la intención de borrarlos y emborronarlos: docudrama, reportaje literario, lírica sin versos; en un vaivén, que nos va acunando hasta el desenlace, que no es tal.

Y a la pregunta del principio, a la de más adelante, contestar que por supuesto la técnica se puede aprender, que es de rigor contar con buenos maestros, que el Joyce del canon es una ficción tan acertada como las del irlandés, o no. En la labor de la escritura, una mota es un obstáculo insalvable, y la querencia todo el empuje necesario para abordar mil retos. En este batallar exiliado del texto que está por crear, cualquier migaja de sabiduría se aprovecha sin dudar y por demasía.

Y siempre nos quedará la redención por la lectura.