miércoles, 2 de noviembre de 2016

Desvíos


La vida es una acumulación de desvíos. Algunos hemos optado por asumir coherentemente nuestras desviaciones, otros prefieren dar un rodeo a su propia existencia fallida. Son las dos acepciones que encuentro para detours en el diccionario Inglés-Español de Oxford: desvío y dar un rodeo. Un sustantivo, pero nada raro en inglés, también un verbo. La acción en sus dos versiones.
 
 
 
 

Un título sugerente por tanto, para una colección de relatos que el autor reconoce como una “mezcla de reminiscencias, de observaciones  y de historia, que contienen al mismo tiempo humor y melancolía”.

Tony Rickaby se ha pateado las calles de Londres, y en especial de su multicultural y complejo barrio del sur de la ciudad. Ha deambulado por esos enormes bloques que de cuando en cuando aparecen entre el a primera vista idílico paisaje de casitas bajas, bloques que en el pasado fueron frecuentemente viviendas sociales proporcionadas por el ayuntamiento con alquileres asequibles a ciudadanos con escasos ingresos, mamotretos hoy día privatizados, lo que aconteció a causa del vendaval Thatcher.

El paisaje tiene nombre, ese Brixton demonizado y ensalzado a partes iguales, ese pedazo de sur londinense repleto de expatriados caribeños con la rabia en los ojos y en las palabras, en los gestos. Un barrio como cualquier otro, pero completamente único. Rincón de altercados, de mercadillo, de vigorosa agresividad y mezcla, mucha mezcla, y conflicto, y preguntas.

Nuestro escritor ha recorrido también los senderos de su memoria, de sus recuerdos. Ha creado narraciones de ficción, así como lo que él mismo denomina  “no ficción creativa”. “Bits and pieces”, fragmentos de existencia y de contemplación pausada, reflexiva de la realidad, del pasado:

“I finally find my phone and shut the front door behind me. Trying to get out of the house always takes too long. And once I do leave then I´ll probably have to go back for something: credit card, or change or I should be wearing something warmer or to make sure I´ve really locked the front door.

I´ll walk. Should take about an hour.

 

Although walking speeds can vary greatly depending on such things as height, weight, age, terrain, load, culture, effort and fitness, the average is about three miles an hour.

 

On June 25 1944, just after midnight, a V1 bomb fell in Studley Road, demolishing 10 houses and severely damaging 30, including the Methodist church. Three people were killed. Two months later, on the afternoon of August 20, another V1 fell in Studley Road…

 

I cross over by the war memorial. Three men –they look Somali or Ethiopian- are getting out of a battered Fiat Punto. One is wearing a dark top with NEW YORK printed across the front.

“I think you´ll get a ticket leaving it there”, I tell them, but they ignore me.

 

I´m talking to myself again. But only when I´m on my own, when there´s nobody around. I know I´m doing it. Not whole conversations, just little questions like: “Why can´t that be true?” or “How could that happen?” They often seem to be regrets for things in the past that I did or didn´t do. Stupid things. Wondering how my life might have turned out if I´d made different decisions about certain things. I keep resolving to stop, but I can´t help myself.

 

[…]” (Fragmento del relato Bomb walk)

 

Tony es un artista. En el sentido más amplio de la palabra, igualmente en el más restringido. Sus cuadros, sus esculturas, sus intervenciones suelen tener una gran carga conceptual. Mientras residí en Londres, tuve el privilegio de acudir a su casa con frecuencia (después lo he hecho en cada una de mis posteriores visitas, ya como turista) y asistir a diferentes olas de su creatividad, que iban sucediéndose y complementándose.

Le fascinan los letreros, las palabras, las letras, los signos, las señales. Ha publicado poesía. Ahora llegan estos desvíos que parecen indicar que a menudo la vía que seguimos no es precisamente la línea recta. Desviarse para no perderse lo esencial. Entretenerse en los detalles, recurrir a lo extraordinario para aportar sentido a la banal rutinaria nada. Los pies se dirigen solos hacia lo divergente, a lo moroso, a lo cotidiano e insustancial. Como bien se puede observar en una de sus fotografías, la que incluyo a continuación, aparentemente tomada sin más de la realidad, pero que va más allá del testimonio para recrear poéticamente el entorno:
 
 
 
 

He podido comprobar la afición obsesiva de los anglosajones por las citas. Ese reino de lo medido, de lo extraído para ser conveniente argumento en la ocasión a la que nos enfrentemos. Ocurre algo semejante con los archivos, con las noticias que pasan a ser crónica de otras épocas. Nos refugiamos en esos datos polvorientos del pasado para recrear recuerdos y hacerlos más vivos y sugerentes. No faltan citas y notas de archivo en los relatos de este volumen, parte esencial de esa "no ficción creativa" que pretende compartir con sus lectores.

Tony no pierde la oportunidad de recuperar la gran guerra, la posguerra. Los huecos dejados por las bombas. El racionamiento. Los bombardeos, y el ritual para protegerse de ellos. Las miradas, los usos olvidados, el hambre, la muerte. El tiempo recreado y requerido para que se postule de nuevo en palabras escritas desde el hoy.

Como profesor de idiomas me fijo así mismo en la pulcra concisión del vocabulario elegido por el autor de estos relatos. Prescinde de raras palabrejas más propias del Barroco y prefiere la exactitud de los términos más directos. Los que lo conocemos sabemos que en la conversación también va a usar el número justo de frases, ni una palabra más de aquellas que le sirvan para conseguir el efecto pretendido.

Es ese sentido práctico tan británico a nuestros ojos, aunque seguramente él considerará que es algo más personal que todo eso. La tradición británica de ser ocurrente, de recurrir a la palabra con múltiples sentidos, que se cargue de ironía, de humor negrísimo, que rasque en el alma e impacte al llegar a los oídos. Y lo dirá aunque pese, aunque no sea quizá del todo políticamente correcto, porque lo ve así y se siente con el rigor suficiente para expresar sus puntos de vista. Por honestidad y coherencia.

Echen un vistazo, Amazon nos lo trae a casa, y podemos además asomarnos a otros de sus libros, Tony es también poeta, ensayista, especialista en arte:


 Y a su página web:


 

Tony es mi amigo, de lo cual estoy muy orgulloso. Un honor haberte conocido. Querido Tony, me gustaría ser capaz de escribir todo esto en tu idioma y no sonar a falso, o quedarme corto, o ir demasiado lejos, pero me queda la tranquilidad de que podrás aproximarte con holgura a lo que he querido transmitir con mis palabras.

 

 

 

 

 

 

miércoles, 26 de octubre de 2016

Viaje sin fin al principio de la noche


El poeta no es joven, no es viejo, la poeta lo es o no. Apabulla Loreto Sesma con su poemario  317 kilómetros y dos salidas de emergencia (Espasa, 2015), aunque pague el peaje que algunos considerarán inevitable de su inexperiencia. La felicito, algunos de los poemas del volumen son excelentes. Ahí es nada, cuando autores reputados que le triplican la edad zozobran con artefactos de dudosa credibilidad y nulo acierto, ella ha publicado con una editorial prestigiosa un poemario, que además ya es el segundo, con el que sale más que airosa del envite.





En el viaje, me quedo con la primera parte del volumen, la que titula Trayecto, con esos poemas en forma de kilómetros. Es allí donde se encuentran los versos más redondos, más depurados. Las otras partes se convierten entonces en accesorias, y he de decir que lamentablemente cada vez más prescindibles a medida que avanza el libro. No me convencen unos poemas epigramáticos que nada añaden. Me resultan demasiado obvios los poemas con nombre de ciudad. Me conquista esa primera parte en la que la voz poética es directa, auténtica, reconocible, inmediata. En una segunda parte, titulada Áreas de servicio, se desdibuja el trazo, se pierde el hilo, se desmadeja, nos desorientamos. Eso sí, nuestra joven Ariadna tiene mucho mérito.

 

“Últimamente me siento como

 

esa persona que ha hecho de una estación su casa,

que pasa por delante de cualquier escaparate y nunca se fija en lo que vende,

sino en su propio reflejo.

Como quien busca en el espejo

algún matiz,

algún gesto,

que hiciera cuando fuera pequeño

y busca

y busca

y busca

(pero nunca encuentra)

al niño que fue hace un tiempo.

 

Me siento como quien guarda una botella

para una fecha señalada,

y se da cuenta de que nunca vino,

que el vino

se ha hecho vinagre.

Como quien sigue intentando hacer las cosas bien

solo

por ver sonreír a su madre.

 

Como quien ha perdido la ilusión

porque le dijeron que toda magia implica truco.

como el imbécil que prefirió ser la fuerza del león

antes que la astucia del zorro

y al final,

una bella sonrisa con andares de bailarina

le acabó soplando en la boca para pedir un deseo.

Me siento como el poeta atrapado en su fraseo,

como la mujer arreglándose en el aseo

antes de acudir a una cena consigo misma.

 

Me siento como en una jaula sin barrotes,

como quien ve los aviones

como otro puto obstáculo

por el que no sale el sol;

como a quien le regalan flores

y pregunta

cuándo ha muerto.

Como el tuerto

al que nunca le preguntaron si se siente rey

en un mundo de ciegos,

como el enamorado que ya no cree en el amor.

 

Me siento como si sintiera

que ya no seré capaz de sentir

después de haber sentido tanto.

De haber amado tanto,

de haber llorado,

de haber reído,

de haber temido

y haber disfrutado tanto.

 

Me siento como la niña que se quedó

esperando a sus padres a la salida del colegio.

Y nunca

nadie

fue a buscarla.

Como el preso al que le ofrecieron la libertad,

pero por un beso

eligió la cárcel.

Como el verso que nunca fue poema

porque nadie tuvo el valor suficiente

para escribirlo.”

 

La escritura tiene mucho de técnica. Loreto Sesma se las arregla bien en este punto. Sus poemas están bien escritos, tienen un ritmo propio de las obras “en marcha”, de carretera y notas en el autobús, de paradas con coche en el arcén, de miradas dinámicas y certeras al fluir desenfrenado de la existencia. La escritura es crear un estilo propio. Este poemario resulta fresco, sincero, muy directo. Plantearé quizá, como tirón de orejas menor, lo innecesario de acudir en demasía a la palabra gruesa. Cuando lo requiere el momento dramático, cómo no; cuando se convierte en muletilla, jamás. Y si se me permite, así ocurre también con el recurrente recurso a la saliva, que en este volumen lo hace todo: cura, retiene, atrae, distingue, atropella, miente. Mucho más de lo que uno podía imaginar, o que incluso deseaba imaginar. Demasiada baba, la verdad.

Y ahora una reflexión de propina, ¿lo adivinan?, sobre los jóvenes poetas que venden. Estoy refiriéndome por supuesto al “fenómeno” del ya añoso (a sus esplendorosos treinta y siete años, y lo irán entendiendo) Marwan, pero también a Defreds (¿es tan joven como aparece en las fotos de su web?) y su masa de fans, o por supuesto a una más que sobradamente preparada Luna Miguel (crucen la ceja, y algún esfínter, por el asombro no más, al recorrer el currículum de esta talentosa editora y poeta de veinticinco añitos:

http://www.lunamiguel.com/p/biocv.html ) o así mismo a otros autores que desconozco por completo, y quienes, pese a su juventud ya han publicado al menos un libro, como Elvira Sastre, Sergio Carrión o Sara Bueno, tal y como se nos indica en este artículo de la Vanguardia, en el que se menciona también a nuestra autora zaragozana, la de esta entrada-reseña:


Sin recurso al pasmo me quedo al consultar el interesante blog de Ana Carrillo, y descubrir propuestas para una nómina de casi impúberes (rondan las veinte poéticas primaveras) y todavía (hasta ahora era lo esperable) inéditos poetas, que sin embargo se mueven como peces en las profusas aguas de las redes sociales:


No me pre-juicien, no pretendo ser cínico, ni descreído. No se trata de envidia de la mala. Me encantan estos chicos. Los adoro de principio a fin, como los del viaje, son ídolos que presentar a mis alumnos, materia en bruto para mis clases, motivadores… Que continúe el fluir de la poesía, se le atribuye muerte cerebral de cuando en cuando, nada más lejano de la realidad. Estos jóvenes y brillantes autores lo demuestran con sus creaciones.

 




 

martes, 4 de octubre de 2016

Desde el cuarto de atrás


 
Prologa desde la admiración, la edición que ha llegado a mis manos de la novela de Carmen Martín Gaite (Siruela, 2009), Gustavo Martín Garzo. Considera que se trata de tres cosas a la vez. Veamos.
 
 
 
 
 

Como novela fantástica, en mi opinión es un desastre, una pésima novela de ese género. Como ensayo, me quedo con la parte directamente relacionada con el repaso al pasado por parte de la autora, pues las páginas dedicadas al oficio de escribir resultan inconexas y no terminan de encajar del todo bien unas con otras. Es precisamente como libro de memorias, donde encuentro la genialidad de la obra.

¿Novela? Si llega a serlo, es fallida. Y sin embargo, es una obra digna de la admiración del prologuista (y de cualquier lector), de la atención hiperbólica que ha recibido por parte de los hispanistas y estudiosos del español en Estados Unidos, merecedora en resumen de haber entrado con rotundidad en el canon literario.

“[…] ¿por qué tenían que acabar todas las novelas cuando se casa la gente?, a mí me gustaba todo el proceso de enamoramiento, los obstáculos, las lágrimas y los malentendidos, los besos a la luz de la luna, pero a partir de la boda, parecía que ya no había nada más que contar, como si la vida se hubiera terminado; pocas novelas o películas se atrevían a ir más allá y a decirnos en qué se convertía aquel amor después de que los novios se juraban ante el altar amor eterno, y eso, la verdad, me daba mala espina.”

Comienza a percibirse un cierto “revisionismo” ante las pioneras. No, no se confundan, la primera mujer que llegó a la universidad, o la que ejerció de abogada cuando ninguna otra lo había hecho, o la que entró con su flamante acta de diputados en un Congreso donde nunca antes había habido mujeres representando al pueblo, esas y todas las otras primeras mujeres chocaron con los muros del prejuicio hasta el punto de convertirse en temerarias. Ellas abrieron el camino para que lo que ha venido después, siendo complejo, resultara más factible, más esperanzador.

Carmen Martín Gaite dice, pone en palabras, por primera vez, lo que hasta entonces no se había pensado, lo que no se había atrevido a escribir nadie, lo que resultaba horrísono para los bien pensantes, lo que hería susceptibilidades, lo que simplemente se consideraba inaceptable. Una mujer planteándose una vida más allá de los estrechos vericuetos del hogar, alejándose de la visión ñoña y romanticona, plantando cara. Una revolución. Necesaria.

“Mi madre no era casamentera, ni me enseñó tampoco nunca a coser ni a guisar, aunque yo la miraba con mucha curiosidad cuando la veía a ella hacerlo, y creo que, de verla, aprendí; en cambio, siempre me alentó en mis estudios, y cuando, después de la guerra, venían mis amigos a casa en época de exámenes, nos entraba la merienda y nos miraba con envidia. “Hasta a coser un botón aprende mejor una persona lista que una tonta”, le contestó un día a una señora que había dicho de mí, moviendo la cabeza con reprobación: “Mujer que sabe latín no puede tener buen fin”, y la miré con un agradecimiento eterno.”

En el libro hallamos muestras maravillosas de exhibicionismo impúdico de la intimidad de un escritor, de una escritora en este caso. Son esos recuerdos elevados a apuntes históricos. Esa crónica sentimental que redunda en social. Ese proyecto inacabado de reflejar los usos de una época, de testimoniar lo fronterizo con lo existencial. Una intelectual que se atreve a admitir que siente, que le desgarran los acontecimientos, los íntimos, los compartidos, los de ese glorioso movimiento que regía el país, la cotidiana miseria, el roído traje de un estado involucrado en crímenes contra sus ciudadanos, una dictadura más allá de la estructura orgánica, más allá.

“Siempre el mismo afán de apuntar cosas que parecen urgentes, siempre garabateando palabras sueltas en papeles sueltos, en cuadernos, y total para qué, en cuanto veo mi letra escrita, las cosas a que se refiere el texto se convierten en mariposas disecadas que antes estaban volando al sol. Es precisamente lo que me pasa cuando me despierto de un sueño: lo que acabo de ver lo abarco como un mensaje fundamental, nadie podría convencerme, en esos instantes, de que existe una clave más importante para entender el mundo de la que el sueño, por disparatado que sea, me acaba de sugerir, pero es moverme a buscar un lápiz y se acabó, ya nada coincide ni se mantiene, se ha roto el hilo que enhebraba las cuentas del collar. Y sin embargo, no escarmiento, por todas partes me sale al encuentro la huella de esos conatos inútiles, vivo rodeada de papeles sueltos donde he pretendido en vano cazar fantasmas y retener recados importantes, me agarro al lápiz ya por pura inercia, ¿comprende?, sé que es un vicio estúpido, pero me tranquiliza los nervios.”

Impresionante, de antología, el momento en que la protagonista se asoma a la caja tonta para asistir en persona al entierro de Franco. La sensibilidad de nuestra autora. ¿O es una demostración de que una mujer escribe diferente, siente diferente, capta la realidad de forma diferente? Disiento cuando se distingue entre literatura para mujeres y verdadera literatura, me agrede esa burda y sexista distinción. Otra cosa muy diferente es apreciar detalles y matices en lo que unos y otras pueden hacer. Y siempre desde la seguridad de que sólo hay dos literaturas: la buena y la mala, estén escritas por hombres o mujeres, por anglosajones o por indígenas aymaras, para lectores adolescentes o adultos. La sensibilidad de Carmen Martín Gaite decía, se aproxima a la figura de Carmencita Franco durante el funeral. La mira, nos la muestra, analítica, certera.

“Esa imagen significó el aglutinante fundamental: fue verla caminando despacio, enlutada y con ese gesto amargo y vacío que se le ha puesto hace años, encubierto a duras penas por su sonrisa oficial, y se me vino a las mientes con toda claridad aquella otra mañana que la vi en Salamanca con sus calcetines de perlé y sus zapatitos negros, a la salida de la Catedral. “No se la reconoce –pensé-, pero es aquella niña, tampoco ella me reconocería, hemos crecido y vivido en los mismos años, ella era hija de un militar de provincias, hemos sido víctimas de las mismas modas y costumbres, hemos leído las mismas revistas y visto el mismo cine, nuestros hijos puede que sean distintos, pero nuestros sueños seguro que han sido semejantes, con la seguridad de todo aquello que jamás podrá tener comprobación.” Y ya me parecía emocionante verla seguir andando hacia el agujero donde iban a meter a aquel señor, que para ella era simplemente su padre, mientras que para el resto de los españoles había sido el motor tramposo y secreto de ese bloque de tiempo, y el jefe de máquinas, y el revisor, y el fabricante de las cadenas del engranaje, y el tiempo mismo, cuyo fluir amortiguaba, embalsaba y dirigía, con el fin de que apenas se les sintiera rebullir ni al tiempo ni a él y cayeran como del cielo las insensibles variaciones que habían de irse produciendo, según su ley, en el lenguaje, en el vestido, en la músicas, en las relaciones humanas, en los espectáculos, en los locales. […] Se acabó, nunca más, el tiempo se desbloqueaba; había desaparecido el encargado de atarlo y presidirlo,…”

 Nuestra autora se para a mirar con atención el proceso de la escritura, la suya. Se detiene a observar con rigor de entomólogo la marcha de los tiempos de unos y otros a su alrededor. Reflexiones a la hora de seguir con la vida cotidiana, que no elude. Su hija no desaparece en el horizonte por exigencias del guion. El miedo, los miedos en realidad, los pequeños traumas, el paso convincente del tiempo en la medida de las tareas domésticas, la tremenda verdad de lo asumido, de la educación recibida, por la presión de los que erigen los axiomas morales, todo cabe en la punta de una pluma herida por la impresión al escribir.

Una habitación propia, que dijo aquella otra, el cuarto de atrás de la cochambrosa clase media hispánica, la cruda entereza que empuja a salir de la prisión de los prejuicios. Carmen Martín Gaite abre una ventana al aire fresco.

 

 

 

 

viernes, 29 de julio de 2016

Cargando pilas


¿Y qué mejor manera de hacerlo como profesor de adolescentes que leyendo libros que puedan gustarles? Lo diré de otra manera, difícil recomendarles lecturas si uno mismo no las conoce. Y aquí entramos, por supuesto, ni pensar en eludirlo, en el debate de si lo que se les proponga como lecturas obligatorias en un instituto por sus profesores de Lengua deben ser clásicos de la literatura para todas las edades u obras de la así llamada literatura juvenil. ¿Y por qué no las dos cosas? ¿O más cosas? Novelas ilustradas. Algún ensayo de especial interés. Y poesía, y teatro. En el fondo, obras que sean buenas, que estén bien escritas, dejemos a un lado las etiquetas estigmatizadoras.

Empecemos con un descubrimiento. La editorial nos hace llegar algunas de sus propuestas a los profesores, y en este caso se lo agradezco por una: El libro de los rostros, de Ana Alonso y Javier Pelegrín (SM, 2015)
 
 
 

Conocía ya otro proyecto a cuatro manos de los mismos autores. Aunque tienen una larga trayectoria profesional en común, yo conocía únicamente Odio el rosa, y en concreto una de las novelas de la saga, Historia de Dani (Oxford, 2014). Consideré que podía resultar atractiva a un grupo mayoritariamente masculino de refuerzo de Lengua, una lectura sobre un futbolista de éxito en un futuro terrible en el que las marcas multinacionales dominarán todavía más el mundo. Ciencia ficción y balompié, combinación que a mí me dejaba frío. A los chicos no les disgustó. Me sorprende comprobar que en la web que comparten los autores no aparezca en el listado de sus obras. No sé muy bien cómo interpretarlo.

El libro de los rostros trata sobre una chica que aburrida con su vida decide inventarse una, en Facebook. Hasta ahí poca novedad. Es de esperar que se meta en un buen lío. Lo hace. El perfil que escoge, al azar, se corresponde con la identidad virtual (anónima) de una bloguera que destapó corrupción y tramas mafiosas, y a quien unos cuantos poderosos llegaron a odiar a muerte mientras permaneció activa. Tras un silencio, ahora reaparece, y además dando la cara. ¿Por qué? Conocer la identidad supuestamente usurpada no sólo pondrá en peligro la vida de nuestra protagonista, acabará aportándole argumentos sobre los que construir y desarrollar su personalidad, su propia identidad.

Una novela magníficamente hilada, inteligente, con dominio sobrado de las técnicas narrativas, del suspense.

 

Hablamos pues de buena literatura, la publique la colección que sea de la editorial que corresponda. Las novelas de Laura Gallego son buena literatura. Conocía ya y estaban en mi lista de recomendaciones: Finis Mundi (SM, 1999), Donde los árboles cantan (SM, 2011) y La emperatriz de los etéreos (Alfaguara, 2007).






La primera, porque un profesor de Literatura goza con las aventuras de un grupo de juglares con una protagonista “juglaresa”, recorriendo los parajes del camino jacobeo con uno o más misterios como correa de transmisión.
 
 
 
La segunda, por la belleza y el lirismo, porque de nuevo la protagonista no es la princesa ñoña y sí una mujer decidida a luchar por su amor, pero también por su lugar en el mundo.
 
 
 
 
Y la tercera, porque me sedujo ese toque de fantasía, de mundo paralelo, de realidad imaginada con aventuras y arrojo, con romance y vitalidad.

Este mes de julio he disfrutado con dos novelas más de la autora. De la mítica colección El barco de vapor. Pueden parecer a simple vista más infantiles, no lo son en absoluto.

 

La leyenda del rey errante (SM, 2002)
 
 
 

La filóloga tocando el corazoncito de este colega suyo otra vez, con una historia de un príncipe que ansía sobre todas las cosas ser poeta. Buena meta, desastrosos medios. No consigue crear verdadera belleza hasta que vive la poesía. Para conseguirlo, de nada le sirven las influencias, la educación privilegiada, las dotes excepcionales, el berrinche monumental, ni siquiera llevar a su reino a la ruina. La respuesta está donde ya no esperaba encontrarla, y llega cuando está preparado para propulsar su propio destino hacia el lugar que merece. Bonita historia, ¿verdad?

¡Y qué bien narrada! Cada vez aprecio más que me cuenten bien lo que me quieren contar. Esa es la magia de una novela, que sea fluida, que tenga dinamismo, que en nada se note la maestría de la narradora (la investigación previa sobre el mundo de la poesía árabe preislámica)  y sí las consecuencias de su arte. Laura Gallego construye una obra partiendo de una estructura en tres.

El arrogante príncipe pierde en tres ocasiones el certamen poético que él mismo convoca. Los tres premios que recibe el único ganador servirán para hacer posibles las ambiciones de los tres hijos del triplemente galardonado. Tres van a ser las etapas de aprendizaje vital por las que habrá de pasar nuestro protagonista, a la vera de los tres hermanos huérfanos que desconocen su verdadera identidad. Y del mágico tres iremos al cuatro del final del libro, pero eso no quiero adelantarlo, como dicen los chicos, no se trata de hacer un “spoiler”.

 

El coleccionista de relojes extraordinarios (SM, 2004)
 
 
 

No puedo demostrar tanto entusiasmo como con el anterior, y eso que este libro es de factura correctísima, cumpliendo con varios de los requisitos imprescindibles para ser recomendado a adolescentes: la trama está llena de misterio y suspense de principio a fin, el protagonista es alguien con quien muchos chicos se identificarán fácilmente, y la historia es una fantasía de planos paralelos e inquietantes de las que tanto les atraen.

Laura Gallego plantea una de sus inquietudes favoritas: el tiempo. La magia maravillosa que supondría controlarlo. El abismo que supone afrontar su paso, ese futuro que es incierto, la eterna inclinación de los humanos por la inmortalidad de la que carecemos. Todo ello en un escenario doble: una ciudad que bien podría ser Toledo (o cualquiera de las antiguas joyas urbanas patrimonio de nuestro país) y su otra cara en el espejo de lo inasible.

De Ciudad Antigua a Ciudad Oculta. Y es cuando entra lo esotérico, simbolizado convenientemente por algunas de las enigmáticas figuras de las cartas del Tarot. ¡Quién no ha pasado una noche en vela por miedo a que la noche sea una entidad tan real como lo que imaginamos! Desvelados por el cuento de perros ávidos de sangre humana, por los seres extraordinarios que escapan de las fronteras de sus oscuros dominios, por la estremecedora voz de quien nos narra sus antojos, sus miserias, su negrura. Y al final, la superación personal como único camino hacia uno mismo.

 

Este septiembre llegará, y tendré las pilas cargadas.

 

 

 

 

 

jueves, 28 de julio de 2016

Para que luego digan de los nórdicos


Es la segunda novela gamberra de producción por allá arriba, que además de resultarme desternillante, tiene ese puntito de crítica social que la completa. El abuelo que saltó por la ventana y se largó, de Jonas Jonasson (Salamandra, 2012) para muchos será algo parecido a una broma de mal gusto. Su humor es decididamente negro, me temo que el que pueden llegar a gastarse por esas latitudes del frío, pero es una manera de reír que creo inteligente, meditada, también cruel y despiadada. Me ha gustado. Mucho.
 
 

La primera novela de las que he mencionado fue La dulce envenenadora, de Arto Paasilinna (Anagrama, 2008), que conocí gracias a mi querido Club de Lectura de la biblioteca de Zuera. El título da una buena pista. El autor finlandés acierta al presentarnos a una mosquita muerta capaz de hacer todo lo necesario para deshacerse de quien perturba su vida. ¿No son los protagonistas más terroríficos de nuestras pesadillas otros mejores que las ancianitas, las muñecas de porcelana, los juguetes aparentemente inofensivos y todo aquello que pertenece no solamente a nuestra cotidianeidad, sino a lo más tierno e inocente de nuestras existencias?
 
 

Desolador base para derruir la muy superficial construcción de nuestra civilización, atenta mucho más a las apariencias que a lo profundo. Me encanta comprobar que estos borrachuzos suicidas vikingos nos llevan años de ventaja en retorcerle el cuello a los prejuicios identitarios, a la moralina sin tachas más cavernaria. Son gigantones secos y serios, pero qué bien se carcajean hasta de su madre.

Vuelvo a la novela objeto de esta entrada. Lo de hacer reír es una cosa muy seria, y muy difícil. Nuestro autor sueco lo logra con una enrevesadísima trama de doble estructura alterna. Nos va transportando en un largo flashback desde los principios de la biografía de nuestro nada senil centenario protagonista hasta la época actual, el otro eje de la narración. Su pirado escandinavo recorre la geografía planetaria, y en su desplazamiento temporal va cruzándose en el camino de algunos de los principales líderes mundiales, compartiendo protagonismo con ellos en varios de los hechos más relevantes de la historia contemporánea.

El vejete se ve involucrado en guerras, en traiciones, en complots. La política le aburre. En realidad, es un ácrata redomado. El anarquista en estado puro. Le resbalan las consignas de la izquierda, ha vivido el gulag, lo más oscuro del estalinismo. No cree en los dogmas neoliberales de un capitalismo que le viene bien mientras le viene bien dado, pues no confía en su democracia opresiva y limitada. Al final, todos los grandes que pasan por su vida acaban siendo parecidos en su irrelevancia.

La complejidad estructural y la ambición (reprochable, lo admito) del autor, nos alejan de la simpática desvergüenza de Paasilinna. Y sin embargo, cuando el peso del número de páginas me hacía dudar del acierto de Jonasson como escritor, recordaba la escena del matón aplastado por el enorme culo de una elefanta acogida en una plácida granja de la profunda Suecia, y volvía instantáneamente a reconciliarme con la obra.

Me encanta pensar en ese hombre que resiste un día más, y que lo hace con dignidad. Es un saco de pellejos, una ruina andante, pero uno de esos túmulos con mil enigmas por ser descubiertos. Me agrada la alegre cuchipanda de desarraigados de todas las edades y orígenes que acaban siguiendo a nuestro centenario en sus correrías.

Me motiva comprobar que alguien más dice en voz alta que las autoridades del país menos corrupto del planeta, pueden ser tan imbéciles como los impresentables al cargo, que sufrimos por aquí. Me hace sentir vivo. Me hace querer seguir viviendo. Con la sonrisa en la boca que ni políticos, ni jueces, ni fuerzas de seguridad, ni ejércitos, ni demás acólitos de los poderosos, van a conseguir quitarme. Gracias, abuelo.

 

 

 

 

 

miércoles, 27 de julio de 2016

La familia y otros asuntos, bien gracias


Afortunadamente, habría hecho caso de todos modos a mi habitual consigna para alumnos, llegar hasta la página 100 antes de desechar la idea de que un libro vaya a engancharnos. Creedme, muy a menudo lo hace, y con La vista desde Castle Rock, de la reciente premio Nobel, la canadiense Alice Munro (RBA, 2008), me ha vuelto a ocurrir.





La Munro parece haberse hecho famosa por escribir novelas que lo son tan sólo en apariencia, y que en realidad son colecciones de relatos. Es el caso. Y los primeros de este volumen, los que dedica a sus ancestros migrantes, los que dejaron su Escocia natal para asentarse en el nuevo mundo, esa parte de la historia familiar me ha dejado frío.

La prosa de la autora canadiense se desenvuelve con un dinamismo radicalmente distinto cuando acude a sus raíces más remotas, al presentarnos a esos personajes que conoce por haberlos investigado, por documentos reales o inventados, que son crónica histórica, retazos de un fluir social que se antoja añejo y poco más que polvoriento. Intenta ser objetiva, o eficaz, o hábil a la hora de recrear otras épocas, y acaba siendo áspera, difusa, apenas atractiva. Se caen de las manos esas páginas que permanecen en la memoria como una especie de epílogo entre lo sesudo y lo académico. Por fortuna, nada que ver con el resto del libro.

Me ha seducido esta gran escritora cuando se aproximaba a los suyos, a los más cercanos, a sus padres, a sus abuelos. Me ha arrastrado el vendaval de su escritura cuando se aproximaba a su niñez mísera, o tal vez tan solo de escasez, a la verdadera medida de sí misma.

Curioso averiguar que la autora nunca había escrito textos tan personales como estos. Entonces, cabe plantearse si todo lo que había escrito previamente era preparándose a enfrentarse con sus orígenes. Los borda, borda estos relatos crudos, descarnados, directos, rotundamente sinceros. No escatima verdad, y no hablo de que pase la prueba del biógrafo más exigente, en absoluto. Me refiero a que se retrata a sí misma, y lo hace con los suyos, y resultan personas como las que respiran, sufren, sienten o no padecen. Como usted y como yo, a miles de kilómetros eso sí.

¿Cómo debe exponerse un escritor en el momento en que se convierte en un personaje? Ha de resultar tentador redimirse, suavizar los ángulos, concentrarse en los detalles, rebajar las aristas, mentir. La niña que nos presenta Munro no me cae simpática. Es caprichosa, cruel, retorcida, a menudo insensible. También es decidida, enérgica, inteligente, inquieta. Su realidad nos la muestra en esa cotidianeidad aplastantemente prosaica, la que agota los minutos de un día, la que llena de grisura la existencia más exigente, la que todos podemos conocer. Y por eso es plena, creíble, auténtica.

Siempre nos quedará Canadá, o quizá ya no tanto.

 

martes, 31 de mayo de 2016

Y la rubia resultó ser de bote


 
O más inteligente que el idiota que la encandiló, y que el que abusaba de ella, y aquel otro que pasaba por allí y ocupó un espacio intangible en su existencia. Y miren que por la foto de la cubierta, Dorothy Parker por tener, no parecía tener una cabellera de diosa vikinga. El libro es suyo, Una rubia imponente (Nórdica, 2013), acompañando (o más bien creando una narración propia al reflejo de un espejo gráfico) su texto las muy imponentes ilustraciones de Elisa Arguilé, premio nacional de ilustración.
 
 

Ayer mismo tuve que escuchar el siempre bienintencionado comentario del lector hombre sobre la escritora mujer. A mi “escribe bien”, un “sí, escribe sencillo, tan fácil”. Y yo vuelta a repetir sus dotes de escritora, y el buen señor a argumentar lo fácil y sencilla que era de entender. ¡Qué confusión, amigas retardadas y amigos aleccionadores! ¡Con lo difícil que es convertir lo complejo en asequible, en cotidiano, en manejable, en auténtico! A menudo me he planteado lo que anda detrás de mucho sesudo “épater les bourgeois”: me temo que el vacío más absoluto y la incapacidad de decir nada con sentido, y mucho menos con alguna remota utilidad. Se trata del arrogante vicio de tanto intelectual onanista de mente y alma.

El inocente comentario al que me acabo de referir, versaba sobre una admirada poeta y narradora con multitud de seguidores en Facebook, de biografía admirable y motivadora a más no poder, pero… Dorothy Parker tuvo que soportar seguramente alusiones bastante más mordaces en vida, sobre su ascendencia judía de la que ella misma se mofaba, sobre sus veleidades izquierdistas y su tenaz defensa de los derechos civiles, sobre sus amigos escritores y sus amantes, sobre el hecho de ser una mujer comprometida, libre y con personalidad. Un reto este último, todavía vigente para cualquier mujer. Por desgracia.

Parker intentó suicidarse, pero murió ya anciana de un ataque al corazón, después de sobrevivir a un marido fallecido por sobredosis, eso sí. Era judía, pero se educó en un colegio católico. Era de buena familia, pero los perdió a todos, por lo que tuvo que abandonar su formación académica a la temprana edad de trece años, para buscarse la vida. En cualquier caso, enseguida comenzó a despuntar como poeta, como crítica literaria y teatral, como reportera desde la Europa agitada de los años treinta.
 
 
 

No, no me olvido de este relato “autobiográfico”. Con técnica, asistimos a los apuntes al natural de una vida atraída por el abismo de amores imposibles y estoicas “vueltas a comenzar”. La rubia se equivoca y lo hace a conciencia. Sigue adelante, se pensará que un mucho por inercia, en realidad es un tanto más por convicción. Una buena copa, y a por el horizonte, línea recta, con todos los excursos imprescindibles, y los meandros, y la soledad más acompañada, y todo lo que quede por recorrer.

Disculpas, si al final no acabo de “empatizar” con esta mujerona de estado indefinido y vocación de luchadora: “Al poco Sydney se casó con una mujer rica y controladora; a continuación apareció Billy. No, perdón, después de Sydney vino Fred y luego Billy. En su permanente niebla mental, nunca fue capaz de acordarse de cuántos hombres habían entrado en su vida y habían salido de ella. No cabía la sorpresa: ni se estremecía a su llegada ni sentía pena a su partida. Por su parte, parecía que siempre resultara atractiva para los hombres. Nunca apareció ya ninguno tan rico como Ed, pero todos fueron generosos, cada uno según sus posibilidades.”

Triste destino de la muñeca hermosa, frágil, decadente, llena de curvas, de sensualidad, de generoso compartir vida, atrofiada en su desarrollo por una sociedad castrante, siempre al borde de la asfixia, incapaz de demostrar su valía y su talento, o no en la medida de lo que sería justo. La rubia se monta al tren a ninguna parte, se mueve con su exquisito contoneo, se le revuelven las tripas, tiene urgencia por llegar a algún sitio, pero eso nunca ocurrirá.

 


 

 

 

 

miércoles, 25 de mayo de 2016

Sobre Parnasos y papeles de sindicatos imaginarios


Javier Cinca Monterde es ya un clásico del mundo “underground” zaragozano. Consciente de que nunca ha querido ser “mainstream”, de que como sus gustos musicales, su paso por el mundo de la cultura iba a ser “a su aire”, a su libertad. Rehúye boatos, partes traseras de autoridades tan antojadas y tan lamidas por los trepas de siempre. Jamás ha pretendido estar, ha preferido ser. Y así le va. De bien, pues lo que a todos se nos pedirá al final del recorrido, es sin duda un mínimo de coherencia, y Javier Cinca lo cumple sobradamente.

Y toda esta reflexión al hilo de la lectura de Dramatis Personae. Los papeles del S.T.I. (STI Ediciones, 2014), su personal pasar revista a muchos años de labor como editor, como crítico y estudioso musical, como agitador cultural. Los papeles son una recopilación de artículos, entrevistas, textos memorialísticos, prólogos, todos de su autoría, que aparecieron muy a menudo en revistas de vida fugaz y escasa repercusión, o también en fanzines rompedores.






Aunque algunos de los protagonistas de dichos textos sean sobradamente conocidos (Burroughs, Canetti, Kafka), una gran mayoría son desconocidos, desconocidos para la masa, desde luego para la borreguil masa que se sacia con la basura más infecta, y que ni en sueños se asoma al mareo de cualquier abismo. Se trata de algún poeta maldito, de músicos de la experimentación, de grupos musicales de culto, de varios personajes maltratados por el “establishment”, por la “kultura” asentada y plana.

Javier Cinca ha sido el apasionado ferviente de las otras músicas, que primero abrió una tienda de vinilos en la famosa zona de bares de Moncasi en los felices ochenta, y que hace unos pocos años tuvo el atrevimiento de unir, bajo un mismo techo comercial, libros de lance y venerables vinilos.

Es así mismo, el editor que publica lo que le viene en gana: alguna novela que bien podría ser tan comercial como cualquiera, si es que en este país los grandes editores realmente publicaran lo que vale la pena, y no únicamente lo que les llega recomendado por sus amiguitos; poemarios de los crudos, de los densos, de los “beat” sin nombre en la nomenclatura oficial; pequeñas joyas que nos descubren autores extranjeros que se asomaron hace ya algún tiempo a esta tierra nuestra, o a nacionales descartados por el rígido fluir del canon literario. Y en ello sigue.

Vuelvo al libro. Se inicia con una cita nada inocente de un texto de Schopenhauer, a propósito del desprecio suscitado por los diletantes entre los eruditos. Es el avieso delito de cultivar una ciencia o un arte por el goce que se experimenta en ello. El goce que encontramos a lo largo de estas páginas de apasionado encuentro con las letras, con la música, con el arte. La intensa alegría de haber sido joven e inexperto, de haber vivido noches muy largas en bares con mucho humo y demasiadas sustancias, y ahora, de haber sobrevivido para poder contarlo.

Me interesa y me siento más a gusto con la parte más literaria del volumen. Yo también viví esa Zaragoza de la que se habla, aunque fuera diez años más tarde. Dos generaciones que inevitablemente todavía confluyeron, los restos de lo anterior flotaban en el ambiente, sus ecos permanecían.

Me arrastra ese proyecto para toda una vida, ese Sindicato de Trabajos Imaginarios, que empezó como un proyecto colectivo contra el aburrimiento y lo convencional, como promotor de aventuras musicales y boletines, de manifiestos y comunicados en la línea de las vanguardias de pro; y que, con el paso de los años daría nombre a una editorial pequeña, a una línea editorial valiente, discreta, auténtica.
 
 
 

¡Qué extraña fascinación producen los poetas malditos, los que se quedan al margen! Cómo no reconocer mi ignorancia ante la realidad de los poetas sonoros italianos. Sus nombres, sus obras, se me escapan. Javier Cinca bucea en esos mundos, como lo hizo cuando participó intensamente en festivales internacionales en sus años jóvenes, trayéndose un abundante  material que no ha querido dejar inédito.

No, el poeta Javier Cinca, editor y editado en el siglo XXI, con su notable Poemas de Londres (STI, 2008), firmado como Javier Viriato (su nombre de guerras pacíficas), no está en el Parnaso, ni el 2.0, ni en ningún otro. No creo que lo necesite.

 


lunes, 9 de mayo de 2016

La bondad y la ira (Últimas horas de Ramón Acín)



 

 

Asisto espantado a la desfachatez con la que la derecha cavernaria y sus secuaces mediáticos atacan el mero concepto de memoria histórica. Ahora los revisionistas no son únicamente los neonazis obviando el holocausto, Dios nos libre, también los populistas de nuevo cuño que se atreven a proclamar lo evidente: lo caduco de nuestro sistema constitucional, y la necesidad de reivindicar de una vez por todas a los que yacen sepultados en cunetas y fosas junto a muros de cementerios, sin el reconocimiento respetuoso de sus restos y su correspondiente dignidad.

Ahora, recordar sigue siendo malo. Lo era cuando el objetivo principal era la reconciliación, superar el pasado para construir un presente más libre. No importa que desde la llegada de nuestra débil democracia hayan pasado los suficientes años como para que una buena parte de la población no haya conocido otra cosa, con tal de que los mismos deban seguir bajando la cabeza y aceptar sin más la amnistía de los asesinos. Los cavernarios insultan a la inteligencia, acuden a sus adeptos para machacarnos a todos desde su atalaya de intolerancia, arrogantes, crecidos. Dominan los medios de comunicación generalistas. Se saben fuertes.

Viene todo lo anterior al pelo para abordar una vez más en este blog la versatilidad del formato cómic, o si se quiere, el de la novela ilustrada, versátiles para abordar cualquier asunto imaginable, también los más duros, los más silenciados. Ramón Acín fue un hombre como tantos, con sus luces y sus sombras, un destacado intelectual, un maestro de maestros, un artista, un hombre comprometido.
 
 

Y murió por sus ideas, que había defendido pacíficamente desde la tribuna, desde la hoja impresa, desde la decencia y el corazón. Merece que se haga un ejercicio de memoria, por mucho que se empeñen los herederos de quienes lo ejecutaron, para ponerle una vez más en su sitio, para homenajear su figura. Otros ya tuvieron casi cuarenta años de país rendido a sus pies, no es tanto pedir después de todo.

El autor de la parte gráfica es el también editor del libro y de otros de cómic, Daniel Viñuales con su editorial GP. En su destacable labor, recurre a un gris que se hace eco de lo lúgubre de los acontecimientos, de esa época oscura y tan olvidable de la historia de nuestro país. Ante la difícil tarea de poner en imágenes la biografía de semejante personaje elevado desde hace tiempo a mito, de relatar con sus dibujos esos momentos históricos protagonizados por Acín y otros, muestra con delicadeza y sensibilidad, seres angulosos que rebuscan en su alma torturada. Es efectivo.

Juan Pérez firma los bocadillos, el guion de esta pequeña magia ilustrada, de esta crónica de hechos y atrocidades, para recordar los detalles esenciales de la biografía de protagonistas como Acín y Galán, como también para denunciar a quienes les traicionaron. Pajaritas sobre un fondo rojo. Complicado acoplar en el espacio destinado a los textos de un cómic tantos datos relevantes, transmitir y sintetizar, llegar al matiz y saborear la esencia. La guerra, pero también la paz. La política, sin olvidar la cultura y la amistad (Buñuel, los compañeros maestros, tantos seres anónimos que pasaron por la vida de Acín, su mujer, por encima de todo su familia).

¿Se puede ser bueno sin dejarse llevar en ocasiones por la ira? ¿Permite la ira de algunos que se desarrolle plenamente la bondad de los pacíficos? ¿De qué bondad estamos hablando?

En este libro no hay respuestas, hay preguntas, se plantean cuestiones, se abordan momentos a los que asomarse desde nuestro hoy a un pasado que ya no es, que no puede ser. Las últimas horas de un ser que amó, profundamente.