martes, 28 de julio de 2015

Pequeñas joyas de la pequeña edición


La ciudad desnuda (Cordelería ilustrada, 2013/revisión en 2015 por el Ateneo Jaqués), de Marcos Callau, fue editada por esos héroes (de nombre Víctor Manuel Guíu, David Gímenez Alonso y Sergio Grao), sí, héroes de la edición minúscula y mayúscula, que fácilmente pasará desapercibida, por varias razones: porque se hace desde la “remota” provincia de Teruel, más en concreto desde Híjar; en segundo lugar, por no tener el “caché” de una gran editorial, por no estar en las grandes tiendas, ni contar con los más grandes autores, por apostar fuerte por la poesía.
 
 
 

El poeta, también turolense, vaya, ¡quién lo iba a decir, la especie en extinción cunde mucho más de lo que se podía esperar!, ¡Teruel existe! (y por mucho tiempo, por favor), el poeta turolense decía, Mario Ropero Hinojosa, ha calificado a esta valiente iniciativa cultural de “editorial low cost”, con toda la intención reivindicativa, seguro. Y desde aquí muestro mi admiración por todas las “low cost”, las de la cultura sin medios económicos y con toda la creatividad del mundo, las de la expresión libre a precio simbólico, definitivamente todas las que ha habido y habrá, para ensanchar los horizontes sin llegar más lejos que el espacio que llena la propia dignidad.

 


 


 

La ciudad desnuda de Marcos Callau es la que se desviste en las alcantarillas, también la que se asoma desde el cubo de basura, o se oculta en el enigmático guiño de unos semáforos, por supuesto deslumbra con los efectos de la luz que proporcionan las farolas, e incluso puede ser lo que busca un zahorí entre el paisaje urbano borroso, a cubierto de los aspersores más madrugadores. Cualquier rincón de una metrópoli es altamente probable que resulte un páramo desolado, y que así mismo luzca en su rostro dolorido las ojeras profundas de un amanecer repleto y desbordado por lo cotidiano.
 
 

La ciudad de nuestro poeta es el horizonte que define una buena canción, el jazz en la emoción de transportarse a todos los momentos vividos con el asfalto como santo y seña. Es pasar la noche en el duermevela artístico de los bohemios, recibir el día en la calle, contemplar con hastío e incertidumbre nuestro reflejo absurdamente abstemio en los cristales, en las lunas, de los escaparates. Vamos saltando con los textos de este poemario, vamos jugando a estar vivos, vamos recobrando el sentido de las palabras que nunca lo perderán.

Cuelguen de su pinza este excelente ejemplar de literatura de cordel, que nos ofrecen Marcos Callau y la Cordelería ilustrada, y más adelante, otro, y otro, y otro.











domingo, 26 de julio de 2015

Brioleta


Un encuentro de escritoras aragonesas, con el nombre en aragonés de la flor y el color: violeta. Y todavía se hacen necesarias aventuras violetas.

Mientras Visor y otros muchos sexistas, incluidos los que no levantan cabeza para no salirse de la foto oficial, consideren mal o desconsideren a las autoras que por cosas del azar biológico nacieron con el sexo femenino, o para el caso, los y las que las nacieron trans, harán falta encuentros violetas. Mientras los libros de texto desplacen a las escritoras por el hecho de tener nombre de mujer. Mientras los concursos, los reconocimientos, las plazas en las Academias, los premios, los sigan acaparando hombres. Mientras.

Y no debería haber nada que discutir en cualquier caso, pues nadie les discute a los cardiólogos si  tienen, o no tienen, si tiene sentido o no tiene ninguno, que celebren un encuentro anual, patrocinado además por alguna poderosa farmacéutica. Pues eso.

Ocho años de encuentros “brioleta” en ese verdaderamente idílico rincón del Pirineo, Yésero. Narradoras, poetas, ensayistas, artistas. Compartiendo voces, experiencias, inquietudes, en el marco de un acontecimiento multidisciplinar, con teatro en la mochila, con exposiciones fotográficas, plásticas; y talleres de animación a la lectura, y la posibilidad de comprar libros, y de disfrutar de la gastronomía, y perderse en ese paisaje maravilloso para reconocer horizontes más amplios y más auténticos.
 
 
 
 

Para alegrarse de la (asombrosa, no lo duden, en esta comunidad autónoma, lo efímero parece formar parte de todo lo que huela a cultura, es cosa de que a los políticos se les elija para cuatro años, lo que va más allá les suena a predicción milenarista, no les interesa en absoluto), para felicitarse por la, decía, longevidad de este encuentro, para celebrarla, se edita un volumen de relatos con el mismo título que el encuentro (Pregunta Ediciones, 2015), con historias creadas por ocho de las escritoras que han participado en él a lo largo de su ya intensa historia.

En aragonés están los chispeantes y brevísimos relatos de Elena Gusano, también la historia de amores trágicos y accidentados, cuya autora es María Pilar Benítez. Tenemos unos originales viejos comiendo sopas envenenadas, inspirados por un famoso grabado de Goya, y creados por Lourdes Aso. Chusa Garcés no se conforma con contarnos las desventuras de un escritor enamorado, lo sitúa en el escenario de las aspiraciones, las decepciones y los miedos de una generación de literatos.

Por su parte, Blanca Langa hace una divertida (y también socarrona, y dolorosa) inmersión en el género negro, con una valiente mujer que se la juega sin dudar. Angélica Morales plantea los momentos posteriores a la muerte de un ser querido, con la acumulación de sentimientos y recuerdos, añadidos inevitablemente a la cotidianeidad más convencional y desgarradora. Marta Navarro muestra el giro que puede recomponer una trama cuando lo que parecía un castigo, se convierte en un premio. Finalmente, Almudena Vidorreta nos hace llegar su personal crónica, la de una escritora aragonesa en Nueva York, a partir de todo lo que puede coleccionarse, y principalmente de visiones de la gran urbe y de sus habitantes.

Mujeres que hablan por la boca de hombres, y de mujeres. Hombres de ficción que rescatan a mujeres que ya no están. Poetas que también escriben relatos. Narradoras que se desnudan en las palabras que nos guían por el mundo que han creado. Memoria de tiempos que se han ido, o que se han quedado, porque siguen generando emociones. Escritoras que se aferran heroicamente a la lengua que escucharon hablar desde que eran niñas. Sueños interpretados e interpretables, reconocimientos, identidades truncadas. Todo en este coqueto, en este delicioso volumen de relatos. No se lo pierdan.




miércoles, 22 de julio de 2015

Cuando aparecen sin que nadie les haya invitado. Cuando el tiempo pasa, y se hace sentir amargo. Cuando echamos la vista atrás, y ya no se nos hace impúdico mostrarnos a nosotros mismos...


Al hacer un repaso de lo que en la madurez se ha ido dejando atrás, cualquiera podría argumentar que los achaques, las decepciones, los traumas, y tantas otras cosas, deberían haberse quedado en el lugar del que venían. Es el tipo de ajuste de cuentas con la vida ejecutado por Vicente Molina Foix y Luis Cremades, en su ¿dietario?, ¿novela cuasi-epistolar?, ¿actualísimo “valetodo”?, El invitado amargo (Anagrama, 2014).
 
 
 
 

Maticemos. Dos escritores, el uno muy famoso, el otro prácticamente desconocido (poeta, y poeta apenas prolífico, sin escapadas genéricas, lo dejo ahí), deciden escribir a cuatro manos sobre lo que supuso su relación amorosa. Y de paso, enfrentarse a una época, a una generación literaria, a lo desmitificador de unas confesiones públicas, al dolor de la ausencia, a los errores.

No soy lector de biografías. Ni de memorias, por no llamarlas desmemorias, o desvergüenzas, o despropósitos. La arboleda perdida de Alberti, y poco más, quienes me siguen recordarán que hace no mucho descubrí la existencia de la pintora barbastrense Julieta Always, o que me asomé al mundo del pintor Eduardo Laborda. No tengo mucho de cotilla. La vida privada de mis ídolos literarios no me atrae gran cosa. Acabas enterándote de ciertos asuntillos de todos modos, por otras vías, en entrevistas, en perfiles, en reseñas. Incluso ciertas correrías de discutible enjundia acaban negro sobre blanco en los manuales de Historia de la Literatura. Somos humanos.

¿Por qué será que me parece impúdico que alguien me desnude su intimidad? No me importa nunca cuando lo hace el personaje, cuando se convierte en ficción. Me resulta no ya aceptable, sino incluso lógico. Pero entonces es otra cosa. Aquí no. No esperen morbo. No se trata de impudicia lúbrica. Es más ese tipo de desinhibición del alma, elegante, muy bien escrita, atractiva, cercana a lo espiritual. Pero exhibición pública, después de todo.

Qué doloroso el remate de la historia que nos ocupa. Imagino que sin duda, por el momento vital que atravieso, me impacta asistir a lo que no me puede resultar ajeno, a la llegada que no siempre puede ser digna, a ese arribar a la madurez, y más tarde a la vejez. Encontrarse con que la decadencia física ya no es para observarla y diseccionarla, sino para experimentarla en uno mismo. Mueren los padres y los maestros, se derrumban las paredes gruesas que al final no eran lo único que nos sostenía. Pasamos de ser protagonistas con los que compartían nuestra edad de los usos y de los abusos, para convertirnos en pacientes achacosos de los efectos malditamente secundarios de lo que hicimos sin lanzar un segundo pensamiento en su momento.

¿Les he dicho ya lo bien escrita que está “la trama”? ¿Y el repaso concienzudo que se hace de todo el que fue y ha sido, aunque como es lógico, no pueda ser de todos los que fueron y han sido? Cualquier mitómano de lo literario, ni remotamente como requisito aproximarse a lo filológico, a lo académico, gozará con este argumentario de veleidades creativas, con los pequeños y grandes chismes (muchos de ellos bien conocidos previamente, pero que suenan a nuevos tan magníficamente relatados) sobre el quién es quién del mundillo de escritores españoles e incluso latinoamericanos de las últimas décadas.

El material es excelente. No dejen escapar su ejemplar.





 

martes, 30 de junio de 2015

Para buena reputación,… la de Ignacio Martínez de Pisón como narrador


Al terminar la lectura de “La buena reputación” (Seix Barral, 2014), me ocurre lo que no me había ocurrido tras la lectura de hasta cuatro novelas de mi admirado autor, que no me convence el final. No haré el “spoiler” del que hablaban mis alumnos en el club de lectura, no quiero privarles de descubrir por su cuenta los elementos narrativos para que concluyan por su cuenta lo que les parece el desenlace. A mí me ha resultado forzado, de alguna manera no fluye, como lo hacen las novelas de Martínez de Pisón. Intuyo que la intención era terminar con un tono lírico que fuera difuminando las líneas maestras de una narración-saga, para que confluyeran los motivos fundamentales, como un punto final que no es tal.
 
 
 
 

Me acerqué a la obra con la seguridad de que conocer el devenir de una familia judía me interesaría. En su momento leí “La herencia de Abraham Godina”, de Ivonne Gallán, una estimable novela histórica que retrata la vida de los judíos zaragozanos en los momentos previos a la ya cercana expulsión. Me ha interesado así mismo, algún ensayo sobre ese pueblo que compartió nuestro paisaje, que participó en la creación de nuestra identidad y que tan injustamente fue convertido en un miembro cercenado de este organismo que llamamos España. El devenir de la familia me cautivó. Objetivo cumplido. Lo de familia judía es otra cosa.

El hebraísmo en realidad está presente a lo largo de toda la novela. Una vez más, nuestro pasado africano, ese tabú contemporáneo que paso a paso va saliendo a la luz, ese protectorado del norte de Marruecos, ese Tetuán, y por extensión, ese reducto colonial: Melilla. La demostración novelada de la muy reciente creación de esta última como ciudad. Yo aventuraba una presencia más constante y estable de la minoría judía. Gracias a nuestro autor, averiguamos que los judíos de hoy testimonian un pasado cercano tumultuoso, complejo, con etapas sorprendentemente diversas.

Pero judíos, judíos, el pater familias que primero reniega de su ascendencia para ascender (valga la redundancia) socialmente, para posteriormente hundirse en un pseudofanatismo judaico más melancólico que otra cosa, y sobre todo sus dos hermanas. Con ellas nos asomamos a la rica herencia sefardí, a su sonora lengua de anclaje en épocas más dichosas, a sus costumbres arraigadas, a sus objetos amados, a su cultura milenaria. Los demás, llevan nombres hebreos, coquetean con su origen, lo ignoran, lo ocultan, lo admiran, lo mitifican. Poco más.

¡Qué habilidad narrativa la de Martínez de Pisón! Con su novela recorremos puntos geográficos de lo más disperso. Sus protagonistas viven y sufren los acontecimientos capitales de su país, o también de la localidad en la que residen. Sobreviven al incendio del hotel Corona de Aragón. Colaboran a la estampida de judíos de regreso al solar de los antepasados. Sufren el efecto de las guerras, de la posguerra.

Los personajes deambulan por ese tapiz de una España franquista, modelada por la dictadura, de señoritos y muertos de hambre, de militares y sotanas, una España gris y polvorienta, cateta y soñadora, la costa de los futuros vicios desarrollistas y corruptos, la profunda de las ciudades de interior, gloriosamente provincianas, sin olvidar a esos españoles de pro que empezaban a sentirse incómodos siendo minoría en tierras africanas bajo bandera española.

Y más allá de lo relevante, la cotidianeidad. Los hechos que nos marcan a todos los seres humanos, en el día a día. Las pequeñas miserias, el choque inevitable de caracteres, el trabajo que en nada nos destaca de otros tantos, la materia corriente de nuestras existencias, los motivos poco aleccionadores, la sencillez de cada hora que seguimos estando vivos. Esa es la magia de esta novela, todavía más que en anteriores de Martínez de Pisón, aunque algo ya masticable se encontraba en su anterior obra, “El día de mañana”. Por mucho que en ella, lo convencional se demostrara excepcional, en la muy personal manera de enfrentarse a las cosas de un protagonista charnego en Barcelona, una ciudad de pocos prodigios y mucha supervivencia, la de las famosas inundaciones, la de la llegada diaria de inmigrantes con una maleta de cartón llena de expectativas.






Zaragoza ya había sido escenario principal en “Dientes de leche”, la primera grandísima novela que he leído de Martínez de Pisón. Emocionaba la prodigiosa forma de entrecruzar Historia e historia. La pequeña historia del extranjero que se transforma en hijo adoptivo de la ciudad que le acoge, en marido de una valiente mujer, en padre de unos muchachos muy diferentes. La gran historia de unos soldados italianos que fueron embarcados en una guerra entre hermanos por un dictador enloquecido y megalómano, y de cuando muchos de ellos murieron sin haber vivido apenas en ese territorio desconocido y lejano. Y de ese choque de minúscula con mayúscula proviene la grandeza de este autor, porque entonces nos cuenta, y nos lo creemos de principio a fin, que ese buen signore representa hasta su defunción el papel de administrador honorífico del monumento a sus caídos compañeros.






Y antes llegó “Carreteras secundarias”, una narración que mucho debe de tener de cinematográfica para que haya sido llevada en dos ocasiones al celuloide. En el recuerdo, la road novel, el bildungsroman, todo lo que un adolescente merece y no consigue, lo que se le permite y lo que se le escapa. Un chico que aprende a vivir a empujones en un país que recorre sin criterios porque a su lado su padre quiere desaprender a vivir, y no puede.
 
 
 
Lectura obligatoria de instituto (“Dientes de leche” también), lo que supongo que algo debe de decir, pero que a fin de cuentas implica la temprana admiración que nuestro autor zaragozano hace mucho tiempo afincado en Barcelona, despertó enseguida entre los que tenemos o han tenido como profesión enseñar literatura. ¿Se puede enseñar semejante cosa? Se puede compartir la pasión por la lectura, leyendo. Se puede dar pistas del recorrido histórico de nuestros autores y sus obras. Se puede simplemente, disfrutar con la lectura de este narrador, sobradamente canónico ya, y lo que es más importante, lucidísimo contador de magníficas historias.

 

La reputación, hay que ganársela.

 




jueves, 25 de junio de 2015

Yo me edito, tú te editas, ella se edita…


 

Leía no hace mucho, en el estado en Facebook de un conocido escritor, lo que constituía una más de sus muchas invectivas, en este caso dedicada a los libros publicados en la modalidad de autoedición. Nuestro autor no ahorraba palabras bruscas para convencernos del agravio a la humanidad que esta práctica supone. Merece algunas reflexiones, sin duda.

No creo que con esta nefanda actividad se gaste más papel que el que las numerosas administraciones públicas de este país desperdician todos los días. El crimen ambiental es mayor en el caso de otros muchos delincuentes arrasa-bosques.

No todos los grandes autores, los del canon, los indiscutibles, lograron el éxito inmediato. Varios de los nombres más sonoros murieron en la miseria, y en el más profundo desconocimiento por parte de sus contemporáneos. Seguramente la autoedición de cualquiera de sus obras no habría, siquiera un poco, paliado esta situación, pero tampoco la habría agravado.

Los que se “autoeditan” no suelen tener repercusión alguna con sus libros. Hasta ahí queda limitado el daño, su tropelía. Si les leen unos cuantos amigos, unos pocos conocidos, y de reojo, hasta el editor, y con esta hazaña se sienten satisfechos, ¿a quién demonios hacen mal, señor escritor famoso y retorcido? No se muerda la ponzoñosa lengua, sería fatal.
 
 
 

Aprecio cuando mis alumnos tienen la autoestima alta. A mí mismo me habría gustado tener más confianza en este ser humano que soy yo, cuando tenía su edad. Creer en que el éxito llegará, y tener la seguridad de haber escrito algo imprescindible que más tarde o más temprano te publicarán, es muy loable. Ojalá le ocurriera a todos los que escriben. No es así, y no veo necesario que los editores a los que hacen llegar sus manuscritos les escriban largas cartas, misivas crueles en las que se enumeren los despropósitos cometidos en esos engendros que debieran permanecer inéditos para bienestar general, liberados todos de lo que maquinan esos escritorcillos desechables.

Al final, supongo que es verdad que a cada literato lo coloca la Historia en su sitio, aunque la lista de mediocres con un espacio en los libros de texto es demasiado larga. Genios, oiga, pocos. Los demás, escribidores con cierto talento, con obras discutibles, con alguna de considerable interés. Triunfar en un momento dado, halaga a quien lo hace, pero no le asegura un puesto en el Parnaso. Es todo mucho más relativo que los alegatos incendiarios (y repletos de mala baba) del buen señor al que me he estado refiriendo desde el principio. Quien lo sabe, lo reconoce.

Llévenle la contraria a gusto, ¡a editarse, a gozar, a hacer lo que pide el cuerpo! Que de estrecheces mentales, fanatismos varios, grisuras calvinistas, ya está demasiado lleno el mundo.

 

 

 

jueves, 4 de junio de 2015

El libro de las abuelas


¿Cómo es tu abuela? Y la tuya, ¿cómo era?

La mía era una mezcla de abuela cocinillas, costurera, guardasecretos, moderna a su manera, y más que tacaña, excelente administradora.

La diseñadora gráfica, ilustradora, artista para todo e incluso letrista de canciones, la sevillana Raquel Díaz Reguera, nos emociona con su libro “Abuelas de la A a la Z”, un compendio libérrimo, entusiasta y bellísimamente ilustrado por quien además aporta los textos, de un lirismo arrebatado, en un homenaje rotundo a todas las abuelas que han sido.
 
 
 
 

Mi abuela no tenía nada de bruja, aunque tenía un carácter poderoso y una personalidad firme como sus manos de luchadora. Mi abuela ni era preocupona ni tiquismiquis, eso sí, una perfeccionista al cien por cien, empeñada en conseguir sus objetivos: ocuparse de su hija y de sus nietos hasta el final de sus fuerzas, como así hizo –cuando tocó cuidarla, ni eso dejó que apenas hiciéramos, se marchó discreta, rauda, para no molestar, para que no nos dolieran más de la cuenta sus quejas-.

Háganse con este volumen, mis alumnos de 1º de ESO ya lo han disfrutado. Se han rendido a  sus deliciosas ilustraciones, a la disposición en besos, recuerdos, frases y dichos, mascotas, habitaciones ad hoc,  esencias y bolsillos. Todo lo que son las abuelas, para dejar después abiertas las ventanas a nuestra imaginación, porque cada una de nuestras vivencias a su lado se convierte en páginas de un diario fantástico, ensoñador, mágico.
 
 
 
 
 

Las abuelas de las ilustraciones rezuman sensibilidad, escapan de cualquier categorización, no son ni infantiles, ni juveniles, ni ñoñas, ni frías, ni únicamente cálidas, ni tampoco merecedoras de otro premio que la cara ronroneante del nieto al que curan “la pupa”.

Agradecer a Raquel Díaz, otra más de las numerosas estrellas de nuestro potente firmamento de la ilustración, haber escuchado nuestra petición silenciosa de ocuparse de esas figuras imprescindibles en la vida de tantos humanos. Si no hubiera publicado esta joya, le quedaría pendiente para siempre, y nosotros estaríamos un poco más huérfanos de amor de abuela. En serio, no se la pierdan.

 

 

miércoles, 3 de junio de 2015

No sólo de Literatura vive el hombre…


Últimamente, este pésimo lector de poesía no deja de acumular poemarios en el listado de “ya leídos”. ¿Milagroso? Simplemente, que metido a mi manera, tímida pero contundente, en el mundo de la publicación, me he encontrado con otros poetas y en el intercambio está la riqueza. Estoy convencido de que va a ser muy positivo el efecto en mi proceso escritor.

No he dejado nunca de leer narrativa. Me encanta que me cuenten una buena historia. Y ahora, además, están de moda los relatos cortos, o los “micro”, y como era de esperar, yo también he caído en su trampa de sirenas, hasta el fondo. Lo que no quiere decir que sean los únicos libros que merezca la pena leer. Suelo leer pocos ensayos. Algunos me atraen más que otros.
 
 
 
 

Me resultaría difícil catalogar “Atalaya. El Alto Aragón desde la atalaya”, un bellísimo recopilatorio de imágenes, muchas de ellas aéreas, de paisajes selectos de esa parte espectacular de la geografía aragonesa. Organizado el volumen a partir de los cuatro elementos, se amontonan en la retina hermosas fotografías acompañadas por textos habitualmente muy cortos, con cierto toque lírico, aparte de algunas citas alusivas. Es maravilloso constatar la incontestable belleza de nuestra tierra. La montaña, el llano, la roca y el agua, los contrastes, lo monumental, la presencia humana, la geología imponente, la emoción.






De la visión local a la universal. “Paseos inolvidables” resultó ser uno de esos libros de bastante convencional acercamiento a rutas recomendables por los lugares más fascinantes del mundo. Como ninguna aproximación es del todo inocente, sus autores anglosajones muestran evidentes inclinaciones (e incluso prejuicios) anglosajones.

El aparente equilibrio entre continentes y culturas, no se cumple cuando una cuarta parte de los itinerarios son por Europa y una tercera parte por lugares de habla inglesa. Nadie es perfecto. Los destinos, más que correctamente fotografiados, no serán todos los que son, pero son todos los que están.

A partir de un beso furtivo, es cuestión de buscar, uno por su cuenta,  más concreta información para abordar en un futuro una verdadera relación con esos parajes que se nos muestran desde una discreta ventana. Suena a una agradable labor que queda por emprender. Cuando vaya visitándolos, sabré si acertaron o no los autores al incluirlos en su “hit parade”.
 
 
 
 

¿Dónde colocar la guía oficial de uno de los más importantes museos que uno pueda visitar? En nuestra última visita a Madrid, caímos en que todavía no habíamos regresado al Prado desde que Moneo firmó su ampliación. Era una buena excusa para volver. Y una guía bien se puede considerar un apropiado “souvenir” para un “viaje” admirado y consciente a nuestra venerable pinacoteca.

Una manera de retener en papel lo que se logró ver, revisitar, o lo mucho que se nos escapó, que perdimos de vista. Con indicaciones al margen, entre sesudas y didácticas, que ayudan a contextualizar las obras recogidas, a comprenderlas y apreciarlas. Para sentirse orgulloso y algo desbordado, pues la nómina de genios es larga, y la de obras maestras muy considerable.

Se unirá en la estantería a otras guías, como la de la National Gallery, mi favorita. Que quede claro,  los anglosajones son maestros en muchos campos, y en el de la museografía no cabe duda de que lo son. Sus museos acogen a los visitantes de todas las maneras posibles, y hacen de la experiencia un goce absoluto.

No, no se puede vivir sólo de Literatura, o quizá es que la literatura es viajes, arte, vida a fin de cuentas.

 

 

 

viernes, 29 de mayo de 2015

Lecturas para un curso

La primera evaluación no fue para arriesgados. La opción para 3º de ESO fue el exitoso "grandes ventas" Los Juegos del Hambre, de Suzanne Collins.

Reconozco haberme enfrentado a la obra con los habituales prejuicios. Me sorprendió. Una demostración de que a menudo el cine americano actual desmerece por lo que se refiere a los originales literarios en los que se basa. Sin tratarse por supuesto de una obra maestra, es una historia bien narrada, que mantiene más que correctamente el suspense. Me encanta la figura resuelta y poco estereotipada de la heroína, se agradece el protagonismo de una chica que nada tiene de Barbie, de princesa teleadicta.

El momento cumbre sin duda es el de una de las trágicas muertes sinsentido de una competición bárbara, que por cierto tanto recuerda a esa sociedad americana sin escrúpulos del capitalismo neoliberal y salvaje. Una niña competidora, apenas una niña, sucumbe en los brazos de la protagonista, estas dos supervivientes unidas por un sentimiento que consigue superar el descarnado interés de los organizadores de los sangrientos juegos. No es nada sensiblero, pero emociona. Grata sorpresa, una de esas lecturas que uno nunca habría hecho por su cuenta.





Para 1º de ESO, una autora ya clásica de la literatura juvenil, y no solamente en Aragón, Ana Alcolea, quien además nos visitó en el centro, con su educada y sobria elegancia, despertando la pasión de muchos de nuestros jóvenes lectores, la fila de firmas estaba más nutrida de lo que la había visto nunca.

La sonrisa perdida de Paolo Malatesta cumple con los requisitos formales que tan acertadamente ha cultivado la autora. Si no se escapa en nada de ellos, y por ello no sorprende, tampoco decepciona, es ya todo un mérito cuando la carrera literaria va cumpliendo años y los libros publicados se acumulan. Tenerla enfrente para explicar los entresijos de la construcción, a partir de anécdotas de "bonvivante" viajada y leída, de amante del arte y de la música, del buen gusto en definitiva, no hacían sino confirmar lo positivo que es ampliar a los chicos sus estrechos horizontes, limitados demasiado a menudo a la Play y a los cotilleos entre amigos.

Enriquecedora la carta que una alumna de una minoría étnica, repetidora para más señas, quiso compartir con Ana Alcolea, pues le agradecía en ella haberle hecho ver que cuando uno tiene objetivos en la vida, puedo hacerlos realidad. Esa debería ser la función primordial de la asignatura de Literatura en un instituto, crear lazos entre los alumnos y los textos, que consigan atraerlos y emocionarlos. Gracias, Ana, fuiste, en realidad eres, profesora de secundaria, y me entenderás.








Para la segunda evaluación, la sorprendente selección para un 3º de ESO de un libro durante mucho tiempo recomendado para alumnos de niveles inferiores, incluso por la propia editorial. Hoyos, de Louis Sachar.

El libro no nos falla. Se entiende a la perfección su éxito indiscutible entre profesores y alumnos. ¿Seguir acudiendo a él hasta cuándo? Me imagino que si realmente se convierte en un clásico, dentro de veinte años continuará apareciendo en las listas de lecturas obligatorias. -Otra reflexión al hilo, si es que semejante engendro de las lecturas OBLIGATORIAS, ¡qué repelús de palabra!, debiera existir, salvo por el hecho de que quienes nos gobiernan carecen de creatividad, y al mismo tiempo demasiados profesores se sienten cómodos en la zafia seguridad de no proponer una lista amplia de lecturas VOLUNTARIAS, no sea que un profesor de Lengua se tenga que leer lo que no le apetece leer, o todavía peor, tenga sencillamente que leer-

A la mala de la historia, tipo ser venenoso o Esperanza Aguirre, me la imaginaba bien en la piel de la gran Susan Sarandon. Es lo que tiene la "rémora" maravillosa de nuestra cultura audiovisual manifiestamente proyanqui, y que conste que ni siquiera he visto la película en cuestión. Acompañamos a esos niños de orígenes lastrados, a lo largo de esa aventura con toques de culebrón que sirve de paisaje literario, en la búsqueda de un escape, de una salida, de lo que sea aunque tan apenas sea una vía de fuga, y un poco de aire fresco. La obra resulta ser mucho más rebelde y atrevida de lo que podría parecer a simple vista. De cómo puede ser un absoluto fiasco el idiosincrásico "American way of life", y sobrevivir a todo ello. Muy interesante.









Otra elección altamente discutible. Para los chicos de 1º, una novela que ni roza sus vidas, con un humor de adultos y para adultos, una visión grotesca y "somardona" de la realidad de un Aragón que supera los límites de su "conocimiento del medio"; una obra que les ha parecido aburrida. Bendita calamidad, de Miguel Mena. Recientemente convertida en una película, muy aragonesa en su construcción, y que promete, próximamente en las pantallas.

Y me parece injusto que les haya aburrido, la verdad. Este adulto ha apreciado lo chistoso, lo crítico, lo desbordado y gamberro de esta chocarrera y baturra "road novel". Convertir el paisaje cotidiano y al mismo tiempo lejano de una comarca del Moncayo, y de su monumental capital, en el absurdo casi "felliniano" de unos personajes España cañí, la de las consecuencias del pelotazo, en las antípodas temporales de lo que ahora vivimos, antes de que todos descubriéramos lo tontos que fuimos al creernos que íbamos a ser el ombligo del mundo. Un acierto con muchos altibajos, desde luego, pero acierto.

Me encanta la extrañeza de la sima al fin del mundo con su ermitaño de pasado ignominioso, como me fascinan los pasadizos ocultos a tesoros que la corrupción siempre ansió, en el interior de esa catedral que por un tiempo llegamos a imaginar perdida para siempre, y que en realidad estaba en manos de un desaprensivo, no casualmente de profesión arquitecto. Se aprecia la inteligencia de una trama que no es agradecida, que no pretende ser convencional. Y esto último, ha resultado fatal para nuestros chicos.









Comenzaré con el libro para 1º de ESO de esta tercera evaluación. Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar, de Luis Sepúlveda. Hoy era el último día para entregar los trabajos tras su lectura. Hemos optado por dirigir una investigación por parte de los alumnos, sobre los conceptos de fábula, moraleja, noticia y narración; para posteriormente crear ellos mismos sus propios textos. Algunos además han estudiado la presencia de alguno de los animales que han sido mascotas de los humanos desde tiempos inmemoriales, aproximándose al arte, a la literatura, a la cultura en general, aunque también a lo social.
 
La otra profesora de 1º y yo no creemos en los exámenes de lectura. Considero que comprobar que se han aprendido bien un resumen de la obra, normalmente conseguido en Internet, no tiene nada de educativo. Prefiero que reflexionen, que sean creativos, puesto que todavía en el primer ciclo de Secundaria, pueden aportar sus dibujos, su visión plástica de lo que han leído, desviarse de lo que es un trabajo de investigación riguroso. Me preocupan menos los conceptos. Este ridículo sistema apenas me da tiempo para ocuparme de la lectura de las obras que proponemos como obligatorias, no me queda tiempo si quiero hacer todo lo demás que tengo (y quiero) que cubrir en nuestra programación. No esperen comprensión de la inspectora cuando aparece por el centro.
 
La historia, no la desvelo, es un precioso cuento de los de antes, adaptado a nuestra vida urbana de hoy. Ocurre en Hamburgo y podría ocurrir en cualquier rincón deshumanizado y superpoblado del mundo. Los protagonistas, en la línea de las gatomaquias -y demás tramas protagonizadas por animales- heredadas nada menos que de los griegos, pero tan presentes en nuestros siglos de Oro, son personajes más humanos que los humanos, con nuestros miedos y nuestras inseguridades, con nuestras grandezas y nuestras miserias. Breve, Sepúlveda, sencillo pero no superficial, directo, contundente, lírico y bien narrado. Un logro.









En cuanto al libro para los de 3º, Los árboles mueren de pie, de Alejandro Casona, volveré a aventurar la mala fortuna a la hora de seleccionarlo. ¡Y qué difícil es escoger las obras que han de leer nuestros alumnos! Es mucha responsabilidad. Quien más o quien menos, se ha dirigido a un profesor de Literatura para asegurarle que los horribles libros que le obligaron a leer en el instituto consiguieron acabar con su hábito lector. Lástima que no fuera un vicio lector, habría sido más complicado enfrentarse con el "mono". No hago chanza de este asunto, me parece muy serio. Los profesores de esta asignatura llevamos bastante tiempo pensando mucho y bien sobre las lecturas que proponemos. No quiere decir que acertemos. O desde luego, que acertemos siempre, porque está claro que no lo hacemos. Eso sí, ahora seguramente acertamos bastante más que hace veinte años, lo cual ya es suficiente satisfacción.
 
Dicho esto, me temo que también damos demasiadas vueltas a este tema. Podemos llegar a obsesionarnos, y evidentemente no conseguir gran cosa con ello. Casona es una figura muy atractiva de nuestro teatro en el siglo XX. Era un individuo pensante, un intelectual atrevido, aunque no creo que se le comprendiera muy bien. Se le achaca una cierta frivolidad y una considerable falta de compromiso social y político. No soy de los que creen que las obras literarias deban rezumar opiniones políticas para ser auténticas. Tampoco opino lo contrario.
 
La obra de teatro que nos ocupa es valiente. El primer acto es moderno, casi vanguardista, difícil para cualquier lector y no diré hasta qué punto para unos alumnos como los míos este año, en un 3º flojísimo académicamente, y vagos hasta decir basta. ¿Es triste decir que no creo que haya llegado al veinte por ciento, por lo que se refiere al porcentaje de ellos que se hayan leído la obra?
 
Lo están pensando ustedes, reconocerlo es reconocer el fracaso, pero no particularmente el mío como profesor, sino el de este sistema educativo que una ley torticera y mentirosa, ideológica como las anteriores, y sumamente fallida, fracaso de ese sistema que sigue sin resolver el problema básico: la incapacidad de expresarse por escrito de nuestros alumnos, la evidente situación de analfabetos funcionales en que se encuentran, inviable la lectura comprensiva de la mayoría de los textos con los que se topan. El fracaso de una sociedad que les aboca al desinterés, al bombardeo de información e impulsos sin concierto, a la nula disciplina, a la mínima consideración de autoridad, al caos mental. Padres que consienten, que no educan. Profesores de Lengua que no llegan a todo lo que deberían llegar. Asignaturas mil, desterradas las Humanidades al fondo del cajón. Triste, cierto.
 
La obra de Casona evoluciona hacia una obra más convencional. Nos plantea el dilema moral de unos personajes que actúan como personajes, de una manera deliciosamente metateatral. La realidad a fin de cuentas es la que hemos decidido que sea. Todos nos inventamos a nosotros mismos. Sería insoportable vivir con nuestra existencia tal y como es, todo el tiempo. De cuando en cuando, algo nos la revela, nos toca por un tiempo desgarrador vernos tal y como somos en realidad, y duele. Duele mucho. Por eso, hace tiempo que tengo claro que las medias mentiras, las mentirijillas piadosas, la educación y el talante positivo de una sonrisa bien plantada en la cara, son mucho más auténticos y efectivos que tantas amarguras que sólo llevan al conflicto permanente y a la estigmatización social.
 
Siempre he sido un gran lector de teatro, como pésimo he sido siempre como lector de poesía. Creo en la importancia de leer obras de todos los géneros, de todos los orígenes, creo aquí también en la diversidad. Me alegro de haber tenido la oportunidad de leer esta más que interesante obra de Casona.











Un balance: ¿no ha quedado claro todavía? Positivo. La cosecha 2014-2015 de lecturas del IES Gallicum ha resultado ser de alta calidad, variada, enriquecedora, con matices y aromas intensos, para degustar con deleitación y sin prisas, un "crisol" de puntos de partida. Un disfrute.







viernes, 22 de mayo de 2015

De estaciones perdidas, y algo más sobre clubes de lectura



Mi experiencia con los clubes de lectura se ha enriquecido este año, en realidad este curso, pues los profesores tendemos a organizar nuestra vida de septiembre a junio, con el arranque del club de lectura para chicos de 1º de ESO del IES Gallicum de Zuera. No ha podido ser algo más positivo.

Chus Juste, la bibliotecaria de Zuera que nos ofreció el local que tan admirable y creativamente gestiona, para celebrar nuestros pequeños encuentros en torno a un libro, y yo mismo, no dábamos crédito cuando en la primera sesión trece chicos y chicas expresaban con énfasis y sin descanso, su emoción tras la lectura de Los Juegos del Hambre, de Suzanne Collins.
 
 
 

Si su selección denotaba una cierta inclinación por los libros exitosos y de lectura fácil, su entusiasmo en la segunda sesión, por una novela igualmente reconocida aunque considerablemente más compleja, La lección de August, de R. J. Palacio, nos ha vuelto a dejar sin palabras. Nada puede ser más satisfactorio para quienes creemos en la animación a la lectura, incluso durante esa compleja etapa de la adolescencia, que asistir conmovidos al intercambio de opiniones, gustos, reflexiones y vivencias, los que aquella tarde se compartieron en la Biblioteca Municipal de Zuera.
 

 

¿Por qué participar en un club de lectura? Entiendo a quienes consideran el acto de sumergirse en un libro como algo personal, íntimo e intransferible. Lo es. Lo que no me parece que esto sea incompatible con la lectura compartida de una selección de obras, y a lo largo de un tiempo, con una cierta frecuencia.

Como integrante del Club de Lectura de la Biblioteca de Zuera, me he aproximado a obras que desconocía por completo, y que seguramente jamás habría leído de otra manera (El olvido que seremos, de Héctor Abad; Mal de escuela, de Daniel Pennac; El sol de los Scorta, de Laurent Gaudé); de cuando en cuando he leído “Grandes Ventas” que no me atraían nada, y que por mucho que sigan sin parecerme gran cosa, no carecieron de atractivo (Vive como puedas de Joaquín Berges, o Palmeras en la nieve, de Luz Gabás);  también yo he propuesto obras que me parecían interesantes y que pudieron gustar más o menos (la incomprendida Camino de sirga, del aragonés catalanoparlante Jesús Moncada; la sugerente La muñeca viajera, del ubicuo Jordi Sierra i Fabra; la delicada y deliciosa Seda, de Alessandro Baricco). La lista es ya muy larga.

Cuando proponen otros, no siento la presión de leer por obligación, sino la aventura de explorar mundos ajenos y gustos que puedo compartir o no. La necesidad de cumplir con una fecha límite orienta nuestra disciplina lectora. Descubrimos las más diversas aficiones, hábitos y maneras. Entre mis chicos de 1º hay varios que empiezan los libros leyendo la última página, y sin embargo, hasta conocer a la compañera del Club de lectura de adultos, nunca me había encontrado con alguien que disfrutara “chafándose” a sí mismo el final de una novela.

Pero es que no se pierde nada, se gana el suspense de encontrar sentido a ese, esperemos, sorprendente final. De hecho, los lectores “convencionales” hemos disfrutado sin duda, con ese final desencadenante de todo en obras maestras como Cien años de soledad, o En busca del tiempo perdido; no seamos tan prejuiciosos como para valorar positivamente una única vía, un pensamiento único. Desvíemonos todo lo que nos pida el cuerpo, a cada uno el suyo.

Aprovecho para reseñar la última muesca en el arma pacífica de nuestro club de lectura de Zuera: La estación perdida, de Use Lahoz, (Punto de lectura, 2012). Una de esas obras cuyas primeras cien páginas, toda su primera parte desde luego, irritan y no enganchan, lo que convierte la lectura en una carga, algo que vas demorando.
 

 
 

A partir de la marcha del pintoresco protagonista de su pueblo natal (vamos a entender que parece que el autor precisamente quería transmitir eso, hastío y desapego, y ciertamente, lo consigue), y a partir de la estancia en Zaragoza, crípticamente conocida a lo largo del volumen como “la capital” –y de eso, todos los aragoneses con algún origen rural, tenemos conocimiento, hasta de los pueblos cercanos se aludía así a ese destino de lo que parecía un viaje al fin del mundo-, y más todavía, cuando arriba en la Barcelona prometida, esta sí, con su nombre con todas las letras, porque el pueblo se enmascara en otro nombre, y los del entorno. Lo que me trae a la memoria la palurdez de una autora altoaragonesa que parecía tener miedo a ser considerada cateta por mencionar a su pueblo de origen, o a la cabecera de comarca, y es que lo aragonés es  poco glamuroso, con tanto ciudadano del mundo suelto, por lo visto es así. Patético. Con lo hermoso que es decir Benasque, o nombrar ese sonoro La Hoz de la Vieja, en el más profundo Teruel, y que se nos escamotea.

Y de Buenos Aires al cielo. Al firmamento aterido de un personaje frágil, que se nos muestra humano y surrealista en lo que se apunta como una enfermedad mental, y que por contraste, ofrece al autor innumerables herramientas narrativas y sugerentes circunstancias para la trama y sus protagonistas. El final nos dividió en el club. Algunos lo defendíamos. El muchacho vuelve hecho un hombre, aunque apenas mucho más maduro y fuerte, y por añadidura, llegamos a conocer su secreto, completándose así el círculo de una novela viajera, de horizontes cambiantes. Otras compañeras, argumentaban lo rocambolesco del secreto desvelado, lo innecesario de situarlo en el momento cumbre del desenlace. Al menos, despertó el debate. A mí me pareció, que es precisamente en su parte final, cuando el libro adquiere alas, despega definitivamente, toma velocidad de crucero, y ese regreso a los orígenes termina de asentar al personaje principal en nuestra memoria. Adquiere su personal sentido sólo entonces.

Una novela con matices y mucha punta para sacar, como última lectura de la temporada. El curso que viene, más.

 

lunes, 4 de mayo de 2015

Mi Zaragoza sumergida


 

He leído con interés los textos con tintes autobiográficos de “Zaragoza la ciudad sumergida” (Onagro ediciones, 2008), del pintor Eduardo Laborda. He disfrutado de algunas de las imágenes antiguas que colecciona, las que ha podido incluir en este volumen, muchas de ellas rescatadas del abandono cruel de sus anteriores propietarios, encontradas con mucha frecuencia en plena calle, como tesoros a la deriva, que nadie apreciaba en ese momento, y sin duda reminiscencias de un pasado cuyos protagonistas habían dejado de reivindicar, aunque seguramente también habían dejado de existir. De la mano del artista zaragozano, asistimos al espectáculo de una ciudad en apariencia remota, la urbe que vivió al lado de su compañera también pintora, y junto a toda una generación de artistas, con los que recorrieron esquinas, tejados y rincones.
 
 
 

Aun llegando unos veinte años más tarde, todavía tuve la oportunidad de asomarme a esa Plaza de Santa Cruz de la Bendita Plástica Callejera, a ese bar Bonanza tasca de bohemios e inspirados noctámbulos. Tuve conocimiento desde la lejanía de algunos de esos personajes que llenan el paisaje del libro, poblado por fotografías que hablan de una ciudad que ha desaparecido, la del casco viejo decadente pero sobre todo viejo y desabrido, una Zaragoza de palacios sin restaurar y habitados por gallinas, pintorescos e inciertos refugios, igual que talleres de pintores sin un duro, de jóvenes entusiastas que aspiraban a la libertad de una democracia que ya se empezaba a vislumbrar. Pero también, otra Zaragoza de la que tan apenas oí hablar: billares en el Palacio de Sástago, restaurantes postineros con decorado vanguardista y dueños que todavía sucumbían a un coma hipoglucémico.

Yo también tengo mi propia Zaragoza sumergida. La Estación del silencio, y los bares cercanos, ropajes negros, maquillaje pálido, sombra de ojos, ganas de llegar al sitio al que habían llegado fuera. Los Héroes, el Zurracapote, la Sala Modo, En bruto, los primeros conciertos de los que pensábamos primeros grupos, sus primeros discos, Ecrevisse, Días de vino y rosas. Las zonas, el Rollo, los bares repletos de humo, las lecturas, el Monaguillo, El Ángel azul, el teatro Kabuki, En la frontera. Los amores, los desamores, la represión, el armario, los malditos, y cómo no, el tiempo que se lleva unas cuantas cosas que creímos insustituibles. Brujilda y ese príncipe al que nunca (o casi nunca) cortejó. El mejor amigo. Las noches de cristales rotos. Todo bajo el mar.

Y gracias a Laborda, colarse en los entresijos de la decoración del Salón de columnas de la sede de Cajalón en Zaragoza, es decir, el que fue Casino Mercantil, con la magia arborescente y verde de Iris Lázaro. Ojear a vista agradecida y en unas pocas páginas, portadas de antiguos libros que rompieron moldes, fotografías dedicadas por divas del momento, algunas de ellas divas para siempre. Curiosear en los carteles de propuestas artísticas novedosísimas, en una ciudad varada en el hastío de una patética clase burguesa sin miras y sin inquietudes, desprovista de todo gusto, empeñada en convertir en ruinas todo lo que les parecía viejo, en su hortera inclinación por lo nuevo. Asistir atónito a los primeros intentos de batallar contra los solares yermos, de un centro urbano desprovisto de vida y de aliento (los “happening”, las “performances”, la ilusión).
 
 
 

Asomarse a este libro implica tener algo de “voyeur”. Hay que admitir tener curiosidad por esa vida ajena que de alguna manera se nos desnuda. Nos adentramos en los primeros años de la vida del autor,  a través de unos cuantos recuerdos familiares, de estampas domésticas, de un horizonte que me resulta próximo pero podría serlo para cualquiera. Y al mirar lo particular, descubrir lo universal. La hermana moderna. Los padres abnegados. La pequeña casa. Los años en los que se cree que todo es posible. Y como mirones, pasar las páginas para comprobar que los sueños, sueños son. Todas las generaciones fueron únicas, se creyeron especiales, y lo fueron.